Partimos el pan y el vino y reímos recordándole con las lágrimas justas, que no sé cuántas son, pero ni una más ni una menos de las necesarias. Todos llegaban llorando y salían en paz, purificados en un nuevo bautismo. Pero al fondo de nuestra cabeza, a la altura del cuello, había cuatro niñas con cuatro cajas. Y su manera de llorar, mirando al suelo y caminando torpemente nos volvía a romper por dentro. Y Carlota, y su futuro. «El catolicismo no es solo una fe sino un modo de vivir la fe, en comunidad. Esto solo lo podemos pasar juntos», dijo otro, tomado a la vez por el vino y por el Espíritu Santo. Y sin más detalles nos fuimos yendo, uno por uno, torpemente, hacia la normalidad de la vida y la vulgaridad infinita del tráfico rodado. Siempre estarán entre nosotros. Todo lo que teníamos que decir ya lo hemos dicho. Pero, cada media hora -lo he contado, como las contracciones- nos viene a la cabeza Iván y su sonrisa; su generosidad y su grandeza; su carisma y su alegría. Lo mismo sucede con su mujer y sus hijos. Sonreímos, porque la vida sigue. Pero había cuatro niñas y llevaban cuatro cajas.

(Este párrafo forma parte de un texto que se publicó originalmente en ABC el 12 junio de 2026. Al ser contenido premium, solo puede ser leído íntegramente aquí. Si no se han suscrito, les animo a que lo hagan. La suscripción es muy barata a cambio de muchísimo y necesitamos más que nunca prensa libre).