
Dice Lucía que se aburre, que no tiene nada que hacer, que sus amigas están fuera y que lo único que se puede hacer en Valladolid en una tarde de julio es tirarse en el sofá a ver pasar la vida y las ‘stories’. Antes de montar en cólera y echarle el sermoncito diario me doy cuenta de que mi escaso tiempo libre lo paso en el mismo sofá y también con el móvil en la mano. A veces lo hago sin darme cuenta: estás leyendo ‘Moby Dick’, entras a buscar qué significa la palabra ‘espermaceti’ y ya no puedes salir de ese infierno de notificaciones, últimas horas y WhatsApps prescindibles. Esto de los WhatsApps es especialmente curioso porque todo el mundo tiene un amigo que tiene un amigo que tiene mi teléfono, por lo que cualquier persona de España que quiere decirme algo, acaba diciéndomelo. Por algún motivo todos nos creemos con el derecho a decir lo que queramos, a quien queramos y de modo inmediato, sin importar si esa persona está escribiendo, descansando o simplemente admirando la belleza inabarcable del tráfico rodado. No solo eso: esperamos, además, una respuesta. Es el delirio de la cercanía, de la conexión universal y el egocentrismo de creer que estás habilitado para hacer lo que quieras y cuando quieras solo porque es posible hacerlo.
(Este párrafo forma parte de un texto que se publicó originalmente en ABC el 17 de julio de 2026. Al ser contenido premium, solo puede ser leído íntegramente aquí. Si no se han suscrito, les animo a que lo hagan. La suscripción es muy barata a cambio de muchísimo y necesitamos más que nunca prensa libre).