
Ya a la entrada te quedaste con sus ojos. Desde que te sentaste en el asiento 6F la empezaste a mirar a escondidas, como un pointer ante una perdiz becada. Supongo que, para evitar denuncias, disimulas la pose de entomólogo hasta que ella comienza a realizar ese baile sagrado en el que no solo no está mal visto mirarla, sino que además resulta obligatorio. Así que ahí está ella, explicándote cómo vas a morir en la vertical de Guadalcázar. Pero ya no eres capaz de escucharla, solo ves sus manos de El Greco moviéndose como dos asíntotas que tienden al infinito. Y entonces no solo no importa lo que habría que hacer si se diera lo peor, sino que casi lo deseas. Porque tú solo quieres mirar a la azafata de Iberia, con su foulard, su pelo recogido como una epifanía y su homenaje a Julio Romero de Torres, resolviendo dudas, vendiendo pistachos y organizando el pasaje como Von Karajan la Filarmónica de Berlín. No descarto que el comandante tampoco exista y sea ella la que dirige la nave, subyugando el altímetro a base de indirectas.
(Este párrafo forma parte de un texto que se publicó originalmente en ABC el 8 de agosto de 2026. Al ser contenido premium, solo puede ser leído íntegramente aquí. Si no se han suscrito, les animo a que lo hagan. La suscripción es muy barata a cambio de muchísimo y necesitamos más que nunca prensa libre).