Así que, en el club, el buzo era yo, deslumbrado por la noche y su escafandra. Como el bodeguero, hice todo lo tenía que hacer y esperé todo el tiempo que tenía que esperar. Pero, mientras me hablaban y la noche avanzaba, percibía que dentro de mí estaba naciendo otra cosa, una que conservaba el cuerpo de las mañanas de Castilla, pero con la delicadeza de noches andaluzas; algo que se creaba a sí mismo y que lo hacía como consecuencia de haber perdido mi protección frente al oxígeno. La rebeldía inicial persistía y no tuve más salida que cruzar el primer palo con otro, desobedeciendo a la vida como desobedece un niño que nació para abogado, pero que en un determinado momento se tuerce y sale poeta. El Puerto y la belleza son la rebeldía que acaban con las corazas de los velos de flor. Hoy, de nuevo en Valladolid, pienso que la alegría funciona como el arte y como la fe; y que, como el amor, el viento de Poniente o el Palo Cortado, desobedecen a su autor. No se busca: simplemente sucede.

(Este párrafo forma parte de un texto que se publicó originalmente en ABC el 9 agosto de 2026. Al ser contenido premium, solo puede ser leído íntegramente aquí. Si no se han suscrito, les animo a que lo hagan. La suscripción es muy barata a cambio de muchísimo y necesitamos más que nunca prensa libre).