Una frontera abierta deja de ser una frontera, igual que una casa sin puerta deja de ser una casa. Las puertas y las fronteras tienen un fin dual, que es acoger a los de fuera y proteger a los de dentro. Permiten entrar a quienes deben entrar y obligan a esperar a quienes aún no puede hacerlo. No son, por lo tanto, una muestra de odio hacia el extranjero, sino la condición de nuestra hospitalidad. Conviene recordarlo ahora que llevamos un mes discutiendo sobre Ceuta como si solo hubiera dos posibilidades: asegurar que aquello fue una invasión de Marruecos o fingir que se trató de una simpática jornada de senderismo. En realidad, ninguna de las dos opciones ayuda a entender lo ocurrido. Se da una paradoja extraordinaria: esos muchachos marroquíes que se juegan la vida para alcanzar Ceuta están diciendo con sus actos que si Ceuta merece la pena es precisamente porque es España y no Marruecos. Si tuvieran la intención de instaurar otro Marruecos al otro lado de la frontera, no habría salto, ni nado, ni patera. La frontera existe porque existe una diferencia, y nadie proclama con más intensidad el valor de nuestra nación que aquellos que están dispuestos a jugarse la vida para entrar en ella.

(Este párrafo forma parte de un texto que se publicó originalmente en ABC el 29 agosto de 2026. Al ser contenido premium, solo puede ser leído íntegramente aquí. Si no se han suscrito, les animo a que lo hagan. La suscripción es muy barata a cambio de muchísimo y necesitamos más que nunca prensa libre).