
Si usted está leyendo este texto: enhorabuena. Pertenece a una elite intelectual, a esa pequeñísima parte de la población que ha apostado por dejar de mirar una pantalla compulsivamente y dedicar parte de su tiempo a leer a personas reales, aunque no le gusten, aunque no esté de acuerdo con ellas, aunque le amarguen el café. Y todo para sofisticar su mirada, para pensar con algo más de sutileza y para dejar de embrutecerse. Porque alguien que no se expone a más opinión que a la suya –eso es en realidad un algoritmo–, se embrutece y acaba por enfermar con las interferencias de su propio eco, como cuando pasamos un fin de semana en casa, en pijama, a solas con nuestros fantasmas. No hay nada sano en vivir rodeado de certezas, porque tienden a convertirse en absolutas. Lo cierto es que la realidad es más compleja que esas certezas. Y también menos evidente. Desgraciadamente, nadie puede aspirar a acceder a ella por completo –la verdad es inasible–, pero si optamos por leer a otros –comprender es perdonar–, al menos podemos abrir dudas donde antes había certidumbres. Eso es la Cultura, que poco tiene que ver con el entretenimiento y mucho con la humildad del que palpa, a oscuras, las paredes de su propio zulo. Por si un día encontrara una salida.
(Este párrafo forma parte de un texto que se publicó originalmente en El Norte de Castilla el 25 de septiembre de 2026. Al ser contenido premium, solo puede ser leído íntegramente aquí. Si no se han suscrito, les animo a que lo hagan. La suscripción es muy barata a cambio de muchísimo y necesitamos más que nunca prensa libre).