Hay libros que envejecen y libros que nos ven envejecer mientras ellos rejuvenecen, como esas mujeres bendecidas por Dios y la genética. ‘Cinco horas con Mario’ pertenece a los segundos. Uno vuelve a él al cabo de los años y descubre con cierta incomodidad que lo que parecía una novela sobre una señora insoportable de la burguesía vallisoletana de los sesenta se parece cada vez más a una foto hiperrealista de nuestros días. Puede que hayan cambiado los muebles, los pecados y hasta los monólogos. Pero Menchu sigue hablando. Sobre todo, sigue hablando. Es difícil hacerla callar. 

En este trimestre se cumplen sesenta años de la publicación de ‘Cinco horas con Mario’, libro que Delibes escribió en el culmen de una persecución por parte del Régimen que terminaría por hacerle renunciar a la dirección de este periódico. Y, como consecuencia, en el culmen de una depresión devastadora. Está bien recordarlo ahora que algunos ignorantes comienzan a ver el Régimen con nostalgia y que aquellos que no movieron un dedo para defender la libertad se apropian en exclusiva del mito de la resistencia antifranquista. En cualquier caso, sesenta años son suficientes para que una novela se convierta en un clásico. Debajo de toda la arqueología de la época –el Seiscientos, el provincianismo, el qué dirán–, Delibes encontró una veta más duradera: nuestra extraordinaria capacidad para hablar de nosotros mismos mientras juzgamos al prójimo. Carmen Sotillo lleva sesenta años acusando a su marido y sesenta años confesándose sin saberlo. Esa es la formidable trampa de la novela. Menchu cree que el muerto es Mario, pero la que queda en cueros es ella. Habla durante cinco horas para demostrar que su marido estaba equivocado y consigue que sepamos que es clasista, racista, envidiosa, mezquina, puritana, vanidosa, vulgar y profundamente infeliz. Y lo maravilloso es que Delibes no necesita intervenir para dejarlo claro. Él no corrige a Menchu, no la desmiente y no introduce –como harían los malos escritores– esa voz sensata que levanta el dedo desde el fondo de la clase. Simplemente la deja hablar. Porque entonces y ahora la mejor manera de desacreditar una idea consiste en darle un micrófono.

(Este párrafo forma parte de un texto que se publicó originalmente en El Norte de Castilla el 2 de octubre de 2026. Al ser contenido premium, solo puede ser leído íntegramente aquí. Si no se han suscrito, les animo a que lo hagan. La suscripción es muy barata a cambio de muchísimo y necesitamos más que nunca prensa libre).