
Una cosa es la lentitud y otra la ‘despaciosidad’, como una cosa es la profundidad y otra la hondura. La distinción es importante porque en el toreo, como en la escritura y en la vida, lo segundo contiene algo que lo primero no alcanza a medir. La lentitud es una magnitud física: la despaciosidad, una cualidad estética. Un muletazo, como una frase y un amor, puede ser lento, pero resultar pesado, afectado e incluso aburrido. En cambio, la despaciosidad no se puede percibir mirando un cronómetro sino viendo el tiempo ensanchándose dentro del muletazo; ver que el toro recorre lo que tiene que recorrer sin que se rompa en ningún momento la tensión; que la mano acompañe, que el cuerpo espere y que el remate llegue más tarde -no más lejos– de donde creíamos que iba a llegar. No se trata de hacer las cosas lentamente: basta con conseguir que duren.
(Este párrafo forma parte de un texto que se publicó originalmente en ABC el 4 de octubre de 2026. Al ser contenido premium, solo puede ser leído íntegramente aquí. Si no se han suscrito, les animo a que lo hagan. La suscripción es muy barata a cambio de muchísimo y necesitamos más que nunca prensa libre).