En el auditorio Michel Laclotte del Museo del Louvre hay quinientas personas mirando al Cristo de la Luz en una pantalla gigante. La mayor parte jubilados, que en París no consumen clarete sino Cultura. Valérie Carpentier-Vanhaverbeke, conservadora del museo parisino les habla de una obra particularmente impresionante, «una obra maestra que para el Louvre es un honor poder presentar, algo excepcional». Las fotografías exhibidas se centran en los ojos, en la espina de la ceja, en la herida del costado y en los pies de ese Cristo que en Valladolid estamos acostumbrados a ver en Santa Cruz, como un vecino más, y que aquí adquiere una dimensión diferente por el simple hecho de estar a mil doscientos kilómetros de casa. Esa es una de las propiedades de la distancia: sirve para empequeñecer las cosas, pero a la vez para descubrir su verdadero tamaño.

(Este párrafo forma parte de un texto que se publicó originalmente en El Norte de Castilla el 8 de octubre de 2026. Al ser contenido premium, solo puede ser leído íntegramente aquí. Si no se han suscrito, les animo a que lo hagan. La suscripción es muy barata a cambio de muchísimo y necesitamos más que nunca prensa libre).