Anuncios

PATHETIC (XIII)

La expo de Helen fue un éxito. La galería Redchurch se convirtió aquella noche en un concierto de los Pixies donde todo Shoreditch fingía no estar drogado, sobre todo los pocos que en… Sigue leyendo

PATHETIC (XII)

Shoreditch es un infierno de idiotas que quieren parecer publicistas. Las fiestas para artistas siempre resultan desamparo para escritores, así que acabábamos jodiéndonos a nosotros mismos, como siempre que disparas al odio sin esforzarte en… Sigue leyendo

PATHETIC (XI)

Por entonces aún amaba a Helen. El patetismo que trajo, también cesaba con ella. Era una mujer excepcional y nuestra historia era lo que yo quería que fuera: intensa, literaria, sin roces de convivencia… Sigue leyendo

PATHETIC (X)

En Londres amanece antes de la seis de la mañana, algo que nunca hemos sabido agradecer lo suficiente. Aquel día, ese primer rayo de sol me sirvió para salir del estudio en busca… Sigue leyendo

PATHETIC (IX)

Helen escuchaba constantemente la Sonata No. 8 de Beethoven, la “Patética”; esa era la banda sonora de mi vida junto a ella. La “Patética” para desayunar, la “Patética” para llorar, la “Patética” para reír o… Sigue leyendo

PATHETIC (VIII)

Me fui a Battersea a por Henry. Es un buen amigo y he aprendido mucho de él. Con su manera de ver las cosas me dio las pautas definitivas para entender a las… Sigue leyendo

PATHETIC (VII)

Lo único que me quedó claro tras aquella noche de carnaval es que Helen era una artista. Lo supe porque no la entendía, y no me refiero a un no-entender típico de un hombre hacia… Sigue leyendo

PATHETIC (VI)

Mi segunda mujer iba a ser Helen Sartain. Ella era la única persona que me trataba como si fuera escritor, es decir, como si fuera yo, el nuevo yo, el recién nacido. Del… Sigue leyendo

PATHETIC (V)

Me senté a escribir en cuanto bajó el sol y la noche postvictoriana se me metió en el estilo. Yo quería triunfar con Pathetic, pero triunfar a mi manera, es decir, un triunfo… Sigue leyendo

PATHETIC (IV)

El dueño de mi estudio en Portobello se llamaba John Mallion, tenia una edad imposible -digamos que ciento cincuenta años- y vestía como un romántico del XIX, aunque según Oscar Wilde, el siglo XIX… Sigue leyendo