Inculto al cuerpo

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Consumen cultura como quien se bebe una caña, necesitan ocupar el tiempo libre con diversión y se acercan a la cultura con este planteamiento en la cabeza. Consumen el tiempo (lo destruyen, lo extinguen) a través del ocio que les proporciona la cultura, no a través de la cultura. Consumen cultura como entretenimiento, para pasar el rato, para pasarselo chachi. Y así, confunden la industria cultural con la del entertainment. Y no, no cuela.

Yo no disfruto leyendo a Lacán, ni a Hesse, ni viendo una exposición de Francis Bacon, es más, de una retrospectiva del irlandés en El Prado me tuve que salir con palpitaciones. La cultura sólo es si es aprendizaje interiorizado, y desde luego eso no es súper diver, TÍA. Es más: la cultura, para ser cultura, debe doler porque debe despertar una pregunta, una duda, donde antes había una certeza. O llenar un vacío, lo que conlleva la preexistencia de dicho vacío y su reconocimiento. En cualquier caso, hay dolor. Si te acercas a la cultura como mero goce para tus canones estéticos o (peor) cosméticos, como un reforzamiento de tus certezas, mejor te acercas a un espejo a medianoche para mirarte a ti mismo y dices tres veces en alto “Soy half artistazo, half intelecto”, que dicen que se aparece Larra y te presta su pipa para que acabes tu obra a lo grande.

Otra cosa es que, de modo subsidiario, el hecho de aprender te proporcione bienestar. Bien. Pero no te puedes acercar a la cultura como te acercas a los saltos de esquí. Si te divierte el existencialismo de Kierkegaard o el de Unamuno, tienes un problema y deberías venirte conmigo un finde y te enseñamos a divertirte de verdad. Querer aprender es querer evitar el dolor, por lo tanto lo debemos presuponer. No es querer encontrar respuestas, sino descanso, cura. Es dar alimento a tu guía interior para comprender de qué coño va este mundo. Creo que los grandes cerebros de la historia tienen algo que decirte, y te lo han dicho, pero tú nos los quieres escuchar. Leer es hablar con Borges, es hablar con Shakespeare. Hamlet es hablar con Dios.

Interiorizar el aprendizaje es un esfuerzo. Tiene que haber una búsqueda, una acción basada en una omisión. Y desde el lugar en el que estoy sentado, los veo con demasiadas certezas como para buscar algo. Ya saben todo, supongo. Y mientras, se creen espectadores y no dueños de lo que tienen en la retina. Yo espero aquí a que me cuenten lo que saben, porque sinceramente, yo no sé nada y siempre que he estado a punto –por fin- de integrar todo o he tenido la sensación de tener ya todas las piezas del puzzle a falta de colocarlas, algo ha venido a recordarme que no es posible, que incluso es probable que ni si quiera exista un puzzle.

Un libro de recetas no es cultura. Ni un concierto de los Cantajuegos. Ni los son una exposición de cromos, una película de Chuck Norris o un musical de Mecano. Hablemos claro de una vez y no creamos que la cultura esté en peligro. La cultura es en si misma el peligro, y los incultos que queremos entender algo somos los menos peligrosos. Me dan más miedo los profesionales de la cultura, porque creo que ni ellos saben que mienten. La cultura está a vuestra disposición de modo eterno y gratuito en cada museo, en cada biblioteca, en cada sala, en cada galería, en spotify, en Internet. Y eso no va a cambiar nunca.

Consumen cultura y ese el síntoma de quienes creen ser. Ayer fue un festival de cine, mañana será un festival de música, pasado un festival de teatro de calle, y el 23 de abril será un libro en una terraza primaveral. Siempre entusiasmados por el disfrute, por el disfraz, nunca por el goce. Tienen su pertinente foto en las galerías de White Chapel pero no conocen ni una a un radio de 250 kilómetros. Y siempre acuden a todo lo anterior con el atuendo adecuado para ser parte integrante de la cosmética del mundo de los sueños, nunca de la belleza que reside fuera de la caverna. A lo mejor ahí es donde mejor están: en su cueva prehistórica y a la moda impuesta. De una de estas a lo mejor descubren el fuego, se queman el bigote y lo suben a Instagram.

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