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El problema es que lo regalen, que se de por hecho que un libro, el cine, el periódico o el teatro debe ser gratis para ti por el mero hecho de ser joven. El problema es interiorizar desde pequeñitos que el estado debe proveerte de dinero para que consumas cultura. Y claro, consumirán cultura como quien se bebe una caña. Necesitan ocupar el tiempo libre con diversión y se acercarán a la cultura con este planteamiento en la cabeza. Consumirán el tiempo -lo destruyen, lo extinguen- a través del ocio que les proporciona la cultura, no a través de la cultura. Consumirán cultura como entretenimiento, para pasar el rato porque gobierno y ciudadanos confunden la industria cultural con la del entertainment. Pero no cuela.

Yo no disfruto leyendo a Lacan, ni a Scruton, ni viendo una exposición de Francis Bacon. La cultura sólo es cultura si es aprendizaje interiorizado, y desde luego eso no es divertido ‘per se’. Es más: la cultura, para ser cultura, debe doler porque debe despertar una pregunta, una duda, donde antes había una certeza. O llenar un vacío, lo que conlleva la preexistencia de dicho vacío y su reconocimiento. En cualquier caso, hay dolor. Si te acercas a la cultura como mero goce para tus cánones estéticos -o peor, cosméticos- y como un modo de reforzar tus certezas, mejor te acercas a un espejo a medianoche para mirarte a ti mismo, que dicen que se te aparece Larra.

Otra cosa es que, de modo subsidiario, el hecho de aprender nos proporcione bienestar, pero no es viable acercarse a la cultura como te acercas a los saltos de esquí. Si te divierte el existencialismo de Kierkegaard o el de Unamuno, tienes un problema y deberías venirte conmigo un sábado y te enseño a divertirte de verdad. Querer aprender es querer evitar el dolor, por lo tanto, lo debemos presuponer. No es querer encontrar respuestas, sino descanso, cura. Es dar alimento a tu guía interior para comprender de qué va este mundo. Creo que los grandes cerebros de la historia tienen algo que decirte, y te lo han dicho, pero tú nos los quieres escuchar si no te lo pagan. Leer es hablar con Cervantes. Leer a Cervantes es hablar con Dios. No hay dinero que pueda con eso.

Interiorizar el aprendizaje es un esfuerzo. Tiene que haber una búsqueda, una acción basada en una omisión. Y desde el lugar en el que estoy sentado, los veo con demasiadas certezas como para buscar algo y pagarlo. Ya saben todo, supongo, y por eso los formamos como espectadores y no como dueños de lo que tienen en la retina. Un libro de recetas no es cultura. Ni un concierto de Cantajuegos. Ni una exposición de cromos, una película de Chuck Norris. Yo no sé lo que es cultura pero me aterra que quien lo decida sea el gobierno, este o el que sea, y nos muestre un catálogo de cultura como quien nos ofrece utensilios para nuestro propio cadalso. Porque todo lo que no esté dentro, está fuera. Y entonces, viviremos en los márgenes o consumiremos cultura oficial, es decir, subvencionada, y ese será el síntoma de quienes queremos ser. Ayer fue un festival de cine, mañana será un festival de música, pasado un festival de teatro de calle, y el 23 de abril será un libro en una terraza primaveral. Siempre de invitados, siempre entusiasmados por el disfrute, por el disfraz y siempre con el atuendo adecuado para ser parte integrante de la cosmética del mundo de los sueños, nunca de la belleza que reside fuera de la caverna. A lo mejor ahí es donde mejor están: en su cueva prehistórica y a la moda impuesta, al abriguillo de la subvención. En una de estas a lo mejor descubren el fuego. Y, ya que están, queman los bonos. Por dignidad.

(Esta columna se publicó originalmente en ABC el 7 de octubre de 2021. Disponible haciendo clic aquí).