Cortarse la coleta

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Es el acto de mayor elegancia posible: retirarse a tiempo cuando sientas que arrastrarse un minuto más sería intolerable. Antes o después, de tanto convivir con el fracaso y con los fracasados, corres el riesgo de verlo como algo normal, como lo estándar, como algo a lo que has de adaptarte. Como una cuestión de supervivencia. Y entonces, estarás fracasando sin saberlo; fracasarás creyendo que es lo normal o, lo que es peor, fracasarás pensando que estás triunfando, lo cual es la tilde del ridículo. Si eso pasa, si sospechas que lo que haces no es normal, que no es lo tuyo, que no está bien, por mucho que a tu alrededor otros se regocijen con ello, huye. Sigue tu instinto y huye de ese entorno. Huye sin hacer ruido a cortarte la coleta frente al espejo. Huye despacio, que una cosa es cortarse la coleta y otra muy distinta “pegar la espantá”.

Hay que cortarse la coleta en algún momento y salvaguardar lo poco que quede de dignidad. Ya no tienes quince años. Ni veinte. Ni treinta. Déjalo, en serio. Ya no pareces ese joven canallita. Ya no te ven como ese simpático chaval tirando a golfete. Eres un adulto y seguramente estés apunto de ser un adulto ridículo. Siento ser yo el que te lo diga, pero te hablo con la autoridad que me da la experiencia en estas lides. Son muchos años tentando la suerte desde el límite que divide la autoindulgencia que da la incomprensión y el sonrojo que da la comprensión total.

Es complicado crear una vida de la que estar orgulloso, lo sé, pero al menos habremos de intentar crear una vida que no nos avergüence cuando –indefectiblemente- miremos hacia atrás. La vulgaridad lleva a la vulgaridad, y es tan fácil caer en la espiral vergonzante como difícil ponerla punto final: cortarse la coleta. Tú sabes dónde está la frontera, qué actos te llevan al vacío y qué otros te llevan a la plenitud. Sólo tú lo sabes porque sólo tú te comprendes. Y ni si quiera del todo.

Cortarse la coleta es hacerle la eutanasia a tu fracaso. Podarte para seguir. Cortarse la coleta es un último acto de elegancia y de dignidad hacia ti mismo. Mejor cortarse la coleta en el albero que ahogarse en la mediocridad de la incapacidad, luchando por volver a ser lo que fuiste -y no volverá- en la medianía de las plazas de tercera, allá donde no sabe ni toro ni torero. Cortarse la coleta, brindar con ella en la mano desde los medios y tirarla al suelo en tu última faena digna.

Hace mucho que arrastramos los restos de una vida que ya no nos pertenece mientras esperamos los brotes de otra vida que aún no llega. Quizá este plomizo cielo gris, cada vez más bajo, se caiga de una vez o quizá no. Quizá un día asumas la gran debacle –que esto era todo- o quizá un día pienses en estos tiempos como la introducción a todo lo bello que estaba por venir. Hay una gran parte que no depende de ti, pero la parte que sí que depende debe desprender alegría, entusiasmo, belleza y elegancia para poder aparecer. Por eso has de cortarte la coleta y situar aquí la gran elipsis que nos llevará directos al capítulo dos. Lo reconocerás porque empieza con alguien queriéndote de verdad y para siempre de una puta vez.

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