Contra España

espectador

España no se puede explicar y sus problemas no se pueden solucionar. Full stop. Ninguna cabeza mínimamente formada puede entender una realidad tan trágica y absurda como la nuestra. No voy a entrar (hoy) en nuestra historia, pero esta situación, desde luego, no es nueva. Nos persigue desde siempre y está en nuestro ADN. España es una unidad de destino, sí, pero en lo miserable y en lo más doloroso de la tragedia. Este país -ya no de pandereta, sino de terrible y medieval oscuridad intelectual-, con legiones de estúpidos a izquierda y derecha, (ambas siempre de acuerdo en su cruzada contra la libertad), con hordas de mezquinos fanáticos en cada metro cuadrado, está condenado a la ceguera y a continuar con esta profunda y secular tristeza.

Nuestros grandes gérmenes se llaman clase obrera e iglesia, en ese orden. Tanto monta, monta tanto. En su vertiente española alcanzan la verdadera dimensión de su putrefacción. Entre ambas se reparten a pachas la desdicha, a base de mentir y de manipular a sus marionetas, que comulgan cada día con la mentira y no se saben parte de ella. Peones de una partida que ni si quiera juegan. Alguien tiene que estar riéndose con la mayor de las carcajadas al ver tanto rebaño y –para más absurdo- sin pastor. Ovejas autodidactas, están en la manada libremente. Llevan la esclavitud marcada a fuego en la piel. Ambos gérmenes, decía, son la cara y la cruz de una misma incapacidad. En ambos casos se trata de una fe laica, destructiva, contra algo, que construye desde el negativo, ritual, tribal, social, basada en sentirse parte del grupo a través de sus liturgias, de sus fobias, de sus filias. Dios importa una mierda, y no te digo ya el trabajo. Lo que importa es la clase, el rebaño, no destacar, no decir algo diferente. No pensar en definitiva. Odiar en la misma dirección.

Somos un país de mierda lleno de envidia y de rencor hacia todo. Un país lleno de mediocres. Una oda al fracaso, a la vulgaridad hecha dogma. Un país de fracasados. La cultura aquí no le importa a nadie, y me entran arcadas al ver a los del cine hablando como garantes de la cultura y a sus críticos hablando como garantes de lo contrario. Una panda de actores hablando como si fueran dueños del legado de Shakespeare frente a otro rebaño igual de mediocre hablando en el nombre de la verdadera cultura, o peor aún, de la moral, como si supieran de qué coño va la cultura o la moral ni unos ni otros. Y el resto, asistiendo atónitos al espectáculo, unos a favor y otros en contra. Nadie independiente. Nadie con criterio propio. Siempre contra algo. Siempre reactivos. Siempre débiles.

Los artistas son, en su mayor parte, otros grandes ausentes de España. Siempre queriendo integrarse en corrientes, cada año la que toque. Dejándose ver por la zona que interese, a la moda que se les imponga unos, contra la moda que se les imponga otros. Pose, postura, cosmética, vacío, ganas de integración. Anti-algo. Ni un artista, ni un creador -salvo honrosas excepciones-, tiene ningún interés en el arte porque nadie tiene nada que decir, salvo contra su contrario, movidos por el rencor, por la envidia o por una mezcla de ambas. No hay arte, no hay cultura, no hay absolutamente nada más que tertulianos incapaces engañando a las masas aborregadas. Y mientras tanto, las bibliotecas vacías. Y los bares llenos de cafres gritando soluciones de tercero de primaria.

España está loca. España está enferma. Aquí no se puede ni pensar. La derecha es otra mierda –mismo perro, mismo collar- porque ni si quiera existe. Hay que añadir siempre lo de derecha “moderna”, como si la palabra derecha tuviera que justificarse con el epíteto. Es la izquierda la que más tendría que añadir “moderna” para completar su significado tras un siglo XX manchado de sangre entre el socialismo de Hitler, el fascismo de Mussolini, el sui generis falangismo sindicalista (aunque con respeto de la propiedad privada) de Franco –lean sus discursos “indignados”- y el comunismo de Stalin o de Lenin, regímenes todos ellos de izquierda, contra lo que suele imponer el dogma alienante en este país de analfabetos.

El progreso no es lineal y el de España no es diferente; cada uno está en un punto dentro de la evolución. Homo no sapiens y sapiens se codean en su camino de servidumbre. Es complicado coincidir con alguien exactamente en tu mismo nivel de evolución y de progreso, siempre un poco por encima, un poco por debajo. Y por lo tanto hay que frenar y esperar o hay que acelerar para poder si quiera optar a entenderse. En España los niveles de evolución son solo dos: los que sobresalen, que o bien se callan y se ocultan o trabajan desde el individualismo más intenso para no ser molestados ni frenados y la plebe rabiosa organizada en busca de una revolución, la que sea, con quien sea, como sea pero siempre contra los mismos: contra la élite evolucionada. No es la cuna ni el lecho lo que marca la élite, sino la educación, el estudio, el esfuerzo, la independencia de pensamiento. Eso es un intelectual. El que sale del rebaño porque tiene sus motivos. No tengo ninguna duda de que si tuviéramos república, el pueblo clamaría en masa por la vuelta de los Borbones. Vivan las caenas, contra la libertad. Siempre.

La critica a Europa, a los países musulmanes, a los judíos, la vergonzosa posición frente a Sudamérica, la superioridad ridícula frente a USA, el odio a Francia, a Alemania, a Inglaterra. Odiamos todo porque no conocemos nada y porque la soberbia que da el fracaso es arrogancia mórbida. Se odia a Occidente, se odia a la globalización porque solo se globaliza el éxito, el fracaso sigue siendo local. Se odia a la iniciativa privada y en definitiva a todo tipo de progreso por parte de la izquierda frente al odio a lo que no es ella –y no sabemos qué es- y sobre todo a si mismo por parte de la derecha.

O fatalismo o arranque. O bajas los brazos y te callas o empuñas un argumento. Y ni lo uno ni lo otro. Ni el fatalismo es serio, porque hay indignación, ni el arranque es serio porque no tiene bagaje intelectual. Es simplemente rebeldía adolescente, inmadurez. Ni quieren ni saben. Qué desdichada miseria. Como decía Unamuno “la pobreza económica explica nuestra anemia mental”. Yo aporto: “Y viceversa, maestro”.

La postmodernidad debe ser este delirio de coexistencias a diferentes niveles en una una única realidad espacio temporal que nos ha tocado, desgraciadamente, en España. Porque aquí hasta un analfabeto funcional se cree en derecho de opinar de lo que desconoce y de hablar de tú a tú a cualquiera. Es la envidia, es el odio, es la arrogancia más extrema. Es cualquier tertulia de estúpidos, que España consume como dogma y los convierte en estandar, ergo en referente. La estupidez no debe ser estándar. Apagad la puta tele y leed de una vez algo.

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