La primavera en la que se me olvidó amarte

nacho3

María es bella, la arruga no. Fuck you Adolfo Domínguez. María es una mujer, con todo el poso freudiano del término, con el peso de la palabra, con la maravilla que implica la magia que ella es capaz de crear. Lacan no llegó a entender nada. No sé si estuvo casado y no quiero mirar en wikipedia, pero le aconsejaría jugarsela y fracasar un poquito para hablar con propiedad de lo que significa el amor y la mujer. Lacan no tenía ni puta idea ni jamás me entendería si me viera escribir los versos más tristes esta noche…

María duerme mientras yo escribo esperando un mensaje que nunca llega ni llegará. Ella duerme, su belleza descansa, ella es un barrio de lujo en mi habitación. El calor a la temperatura adecuada -que es el del partenaire – entre unas sábanas casi del todo limpias. Ella es el premio gordo de la lotería, y lo sabe. María duerme mientras yo me pierdo buscando palabras inútilmente en horas inadecuadas. Escribir es sangrar por la herida, y María lo sabe aunque lo omita. María descansa, María está en stand-by, María honra mi casa, mi cama y -solo por esta noche- también mi vida. Lo siento así.

Miro su cara dormida. Miro el callejón de sus labios entreabiertos. Ella está en paz, es la decadencia que el día otorga a quien ha desfallecido tras un trabajo bien hecho. Y yo no sé si reír o si llorar. Yo no sé si salpicar de indecencia lo indecente, o bailar, o llorar o rezar. Yo no sé si ser yo mismo u optar por ser cualquier otro espectador en el segundo inmediatamente anterior a un Stendhal. Ella es todo lo que un hombre de mal desearía y está ahora en mi cama y no en otra. Manda pelotas.

María está dormida y yo no. Ella confía en mí, y hace bien. El amor es un callejón sin salida cuyo mapa se dibuja a posteriori y ella me ha trasladado la responsabilidad de preescribirlo. “De tanto hacer mapas he perdido la fe en ellos”, pienso en silencio. Pero ella sólo quiere soñar. Mala elección. O quizá no tanto.

La conocí en Madrid. Yo podría haber sido feliz con cualquier Laura, Inés o Irene. Con cualquiera que admirara un poco mi manera de no-hablar. Pero el destino me cita de lejos en forma de María y de sus ojos para atentar contra el primer mandamiento y me da las riendas del caballo ganador. Yo lo he desbocado junto a mi almohada y allá me vuelvo. La vida es esta primavera en la que se me olvidó amarte.

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