Relato de vagón de tren

nacho

Dios y el revisor quisieron que se sentara a mi lado. Subió al tren en Atocha y era la mujer más bella del mundo. Pelo rubio recogido en una coleta alta que dejaba el cuello al aire, pestañas kilométricas y mirada de actriz secundaria en una escena de brillar. Un sombrero que sólo podría llevar una mujer sabedora de su belleza, movimientos parisinos, piernas de cuero negro que llevaban el ritmo de la canción que sonaba en mi cabeza y una sonrisa amarilla por pendiente izquierdo. El derecho nunca llegué a verlo. Me miraba de reojo y yo fingía que no me enteraba, pero la verdad es que saqué el disfraz de escritor de tren, que es el que mejor me queda para ese perfil, y me puse a escribir sobre ella.

Un escritor escribe siempre. Un escritor escribe sobre todo cuando no escribe. Un escritor escribe más cuando hay público y pasa de ser escritor a ser actor-que-hace-de escritor, que viste mucho más y te permite impostar de incógnito.  Ese es el motivo por el que se escribe tanto en el café o en el tren y tan poco en el despacho. Como fuera de casa de uno, en ningún sitio. En cualquier caso, un escritor sabe que debe guardar copia de cada detalle, de cada momento y de cada idea antes de que se te olvide o de que te emborraches, lo que en realidad suele ser lo mismo y suceder a la vez. Por eso no pude dejar de mirarla en el reflejo del cristal. Para recordarla bien cuando ya no estuviera y poder acabar esta historia.

Ella miraba lo que escribía y tuve que sacar mi mejor letra. Cuando se puso las gafas entendí que debía escribir más grande y más despacio. Supe que la idea funcionó al verla sonreír en el espejo que la describía, porque eso era mi relato. La historia de mis hojas avanzaba en paralelo a sus movimientos y ella se estaba dando cuenta. No podía ser casualidad y de hecho no lo era, pero yo mantenía la pose y ella el juego. Cuando la toqué por primera vez fingí que era sin querer. La segunda vez fue ella, y no se molestó en disimular. Esto iba a acabar bien, pero me vine arriba y opté entonces por escribir que “cuando ella me rozó por primera vez, supe que también era la última” y se metió tanto en el papel que en la siguiente parada se bajó sin decir si quiera adiós. ¡Maldito idiota! ¡Maldito disfraz de intenso! Perjuré, me insulté, me arrepentí y la miré por el cristal por el que desapareció entre la lluvia de la estación. Porque es verdad que llovía. Y también es verdad que me miraba.

En la hora que compartimos en aquel tren que iba hacia el norte, ella fue lo que yo quise que fuera. Podía haber sido todas las mujeres, pero se quedó en ninguna por exigencias de estilo. Es complicado olvidar a una mujer que no fue nadie, por eso aún no he podido. Ella, como la gran actriz secundaria que era, actúo como yo le pedí. El idiota fui yo. Blame it on the whisky pero ahora que escribo el final, quiero decirte que tengo la sospecha de que pudimos alcanzar la gloria perdidos en aquel vagón desde el que te miraba desaparecer a través del reflejo de la ventana. Si volvemos a encontrarnos en algún tren que vaya hacia el norte, te dejo un hueco a mi lado.

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