Oda

bilbo

Estamos vivos. Abrimos los ojos y vemos un resplandor azul de atmósfera, una ilusión de una belleza inconmensurable. Estamos vivos y lo verbalizo sabiendo la escasa –casi nula- probabilidad de que esto haya podido llegar a suceder, no sólo como especie sino como individuo. ¡Qué inmensa suerte es estar vivo! ¡Que inmensa mi fortuna por haber nacido, por haber llegado vivo a esta edad, por vivir aquí y ahora! Estamos, somos, vivimos. Esto es una maravilla, la belleza del mundo es incalculable, vivimos en el planeta más precioso del universo. Es un milagro en el que además tenemos ordenadores, internet y luz. Tenemos Sevilla y tenemos Florencia. Existe San Sebastián y también Buenos Aires. Vemos normal saber escribir, poder escribir y poder hacerlo de esta manera, poder hablar con quien queramos, cuando queramos. Y no es normal. No lo es. Tengo toda la música universal a un click de distancia a través de este ordenador, que es mío, que está a mi disposición y que lo he comprado a un precio ridículo. Puedo escribir y todo el mundo puede hacerlo. Puedo ver museos y exposiciones cada día, el Prado está abierto para disfrute de todos, puedo ver Midnight in Paris sin moverme de mi mesa de trabajo, tengo acceso instantáneo a todo el saber universal a través de esta pantalla. A través de Google puedo pasear por todas las calles de Londres y fijarme en cada detalle.

Vivo con mi hija. Tengo calefacción, tengo luz eléctrica, tengo agua ilimitada que sale de un grifo mágico en mi propia casa (menos mal que no sale vino), tengo un baño completo, no tengo que caminar a ningún río para asearme. Soy la única generación de hombres que no va a conocer la guerra, no vivo en un entorno con depredadores de los que resguardarse ni de enemigos que quieran invadir mi casa. Nunca he portado un arma, no he hecho la mili, vivo en un país seguro, libre, las calles están limpias, hay médicos que me curan si me pasa algo, me alimento cada día, hay una biblioteca gratis en cada esquina, puedo ver La Antigua tantas veces como quiera. Puedo publicar lo que escribo sin necesidad de editores. Yo no sé cuánto habrán sufrido miles y miles de escritores en tiempos anteriores por no haber podido ser leídos ni escuchados jamás, y en cambio, yo escribo lo que quiero, cuando quiero, lo publico inmediatamente y está a disposición del que quiera leerme. Sin más problemas. Sin intermediarios. Gratis. Conozco a gente brillantísima y tengo la suerte de contar con ellos entre mis amigos más cercanos: músicos geniales, filósofos, pintores, actores, dramaturgos, poetas, escultores, bailarines, diseñadores, arquitectos… Aprendo de ellos cada día.

Hablo inglés, me puedo comunicar prácticamente con todo el mundo sin límites. Tengo la posibilidad de viajar. Joder, el 99% de todos los hombres que han nacido en la historia no ha podido cruzar un mar y nosotros lo hacemos a diario, tenemos aviones asequibles cada hora… ¡Hemos vencido al tiempo! Viajo, viajo cuando quiera, voy a Madrid en cincuenta minutos a una reunión y vuelvo, tengo un puto teléfono móvil en el bolso que es una varita mágica, me bajo al Colmao a tomarme una botella de vino de mi tierra y a escuchar el realismo mágico de Juan, puedo leer a Vila Matas, no estoy enfermo, no lo está mi hija, no lo están mis padres ni mis hermanos. Estoy viviendo momentos históricos, viajo sin pasaporte, no cambio de moneda, no tengo hipoteca, hay bancos online y -lo mejor- también hay mujeres desnudas online. Daría una fiesta diaria si pudiera. Agradezco a mis padres y a Dios la inmensa bondad de haberme dado la vida. Doy fe de que la estoy disfrutando y viviendo con intensidad y soy sabedor de que estar vivo es algo anecdótico dentro de todo nuestro devenir, un segundo en una eternidad de interrogantes.

Ninguna generación ha vivido mejor que la nuestra. Somos el culmen de un milagro evolutivo, el resultado de los esfuerzos de miles de generaciones, el culmen de la civilización. Cada vez hay menos mal en el mundo, cada vez se viola menos, se mata menos, se roba menos. Cada vez estamos mejor. Estoy vivo y rodeado de gente que quiero y me quiere. Comparto existencia con Ludovico Einaudi, Adrià existe, Morante reina, Sabina sigue vivo y he visto jugar a Zidane. Perdonad que no me importen las chorradas. Estoy demasiado ocupado en ser feliz.

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