Pobre Andreas Lubitz

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Ataques de pánico, crisis de ansiedad, fobias, depresiones, obsesiones. Una vida de mierda. Muchos millones hemos tenido momentos similares y no estrellamos aviones, de acuerdo. Más allá de que es un asesino y demás obviedades ya repetidas hasta la saciedad, hoy quiero salir un poquito de la aspiración hispano-macarra y escribir que siento lástima por él y por su familia. Supongo que seré el único que hable públicamente de piedad y de pena, pero no me importa estar al otro lado de según qué gente. Es más, a veces es exigible.

No hay nada en el mundo comparable con una depresión acompañada de ataques de pánico constantes, el fámoso burn-out. Quien lo ha sufrido, lo sabe. A quien no lo ha sufrido no se lo aconsejo porque puede llevarte, entre otras cosas, a querer estrellarte en los Alpes con ciento cincuenta personas detrás. Lo que ha tenido que sufrir Andreas es de tal calibre que el hecho de aplastarse contra la roca a 700 km/h con toda la humanidad detrás, es una liberación para él, así que imaginemos la alternativa. Si esto es lo mejor para su enferma cabeza, imaginemos durante un momento el infierno que debía sentir en su día a día. Estar deprimido no es estar triste. Estar deprimido no es estar de bajón. Estar deprimido es esto. Estar enfermo, loco, lleno de dolor, sin esperanza, sin un hálito de vida. Cuando eso pasa, la cabeza deja de funcionar, se da literalmente la vuelta, falla el sistema, pierdes el instinto de supervivencia, te vuelves peligroso. Es el infierno, y cuando visitas el infierno, al menos vísitalo de baja.

Andreas ya está muerto, aunque algo me hace pensar que hace mucho que Andreas dejó de ser Andreas. Fin. Muerto. Polvo era y polvo alpino es. Ahora, propongo que para satisfacer a la tropa sedienta de sangre, pongamos una estatua de Andreas Lubitz en cada pueblo, para que nuestros puritanos, los buenos, los que jamás van a enloquecer, los portadores de la moral y de la venganza en los bares y en las tertulias radiofónicas, le puedan escupir a diario, de modo eterno, maldecir sus restos, condenar a sus familiares a pagar por ello, decir cosas muy graves para, así, desmarcarse de los malos y convertirse en mejores personas. Como cuando los conversos cantaban saetas al paso de la Virgen para que todos veamos que ya han abrazado la fe.

Ya ha muerto, pero con la muerte no vale, hace falta sobreactuar, gritar que es un hijo de puta, ensañarse con este pobre desgraciado, con este loco, con este error de la naturaleza, evidenciar el macarrismo grueso. Si no se ha suicidado sin matar a nadie es porque era un jodido tarado desesperado, a ver si nos enteramos. ¿Queremos prohibir la locura en pilotos? ¿Queremos medir una mente enferma en un cuadro de depresión severa y crisis existencial con una vara de medir de cabeza sana y cabal en un viernes de primavera? Hay muchas veces que lo mejor es callar, mirar al mundo a los ojos y aceptar que la locura, la pena, el absurdo, el desastre y el dolor también forman parte de él. Y entonces, mejor silencio, mejor bajar la cabeza, aparentar dignidad y saberse parte de la humanidad entera, no solo de la parte buena. También de los malos. Las campanas doblan siempre por ti, no solo cuando quieres. Espero que Dios nos proteja de perder la cabeza, nos proteja de hacernos daño a nosotros mismos y sobre todo de hacer daño a los demás. Y que le perdone, que yo no puedo.

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