Madrid

2015-02-18 15.02.15

¿Qué se hace en Madrid por la mañana?

Venga, ya que estoy, voy a ver si hago un esfuerzo por integrarme en la efervescencia cultural, por sumergirme en el ambiente poético de la Villa, por encontrarme con Ray Loriga, por dejarme llevar para que me sucedan cosas interesantísimas, por dejarme el sueldo en el Gijón, en el Ritz, por ver una golondrina en Conde Duque y así escribir algo plenamente sensorial, basado en lo primario, quizá en el aire, en un rayo de sol, en un bigote de Malasaña, en la primavera del Retiro, en una vieja de Serrano, en Pablo Iglesias, en Pitita Ridruejo, en esas ricas con cara de pobres que pasean por las Salesas…

O pasar por el callejón del Gato y hacerme un selfie cóncavo. A quién pretendo engañar, no sé llegar al callejón del Gato y seguro que está lejísimos, como todo. Ya me canso de hacer siempre lo mismo en Madrid: de un museo a un bar, después a otro bar y después a otro. Luego andar mucho. Mucho. Después a una galería/bar, de ahí a un bar/galería y luego un museo/restaurante hasta por fin llegar a la librería/tetería y por supuesto el restaurante/zapatería lleno de mujeres/navaja.

Lo mejor el espectáculo de teatro/taxi que me lleve borracho a la cama/hospital. Si me encuentro con Ray Loriga me tiro a besarle los pies y aprovecho a preguntarle qué se escribe aquí en una mañana de primavera. Y cómo.

Lo he intentado en Malasaña pero acabo aburrido y borracho. Lo he intentado en Chueca y en Justicia. He bebido más cerveza en Santa Bárbara que en mi barrio. Lo he intentado, en un cambio de tercio dramático, escuchando a Vivaldi por el Paseo de la Florida bajo la seriedad de los restos de Goya. Pero nada. He ido buscando la paz en mis recuerdos de las tardes de los ochenta mientras las ambulancias trasladaban yonquis del bar a la tumba y de la tumba al bar. Esa paz de sonido de afilador, de merienda y de Panero. Pero no la encuentro tampoco.

Me da mucha envidia leer acerca de Madrid, creo que, los que lo hacen, siempre hablan en pasado, hablan de recuerdos de Madrid. Yo sólo encuentro sopor, bares pretenciosos y una mezcla de gente que lucha por sobrevivir y de turistas. Como en todas partes. Nunca me acostumbraré ni a las ciudades con mar ni a las ciudades con turistas. En Madrid yo soy un turista, porque Madrid integra, pero integra en el vapor de una ciudad de paso, de un escenario del que no formo parte aunque me pase aquí media vida.

Quiero que me guste Madrid, deseo con todas mis fuerzas que me guste Madrid, Bruce Springsteen y el cine, pero no lo consigo. Y encima, a estas horas de la tarde, con un poco de mala suerte ya te puedes encontrar con escritores de esos que escriben en grupito, que se leen sus cosas, que hacen jams, que se recitan poemas. Les echaría como Jesús echó a los mercaderes del templo. ¡Nada peor que un recital de poetas! Solo un recital de poetas malos. O recital o poetas. O poetas o malos. Nunca todo a la vez. Que entre la Legión y se los lleve. Los escritores solo pueden escribir o vivir, nunca las dos cosas a la vez, joder, Madrid. Hay que estar solo y te tiene que joder, por eso escribimos, Madrid. No es la soledad, es el tipo de soledad. La soledad que me interesa es la soledad de escondite, la soledad del observador, del depredador, la soledad de mi tierra. Pero esta soledad de Madrid es casual, es de mentira, la soledad de paso es un coñazo. Madrid es un coñazo. Demonios, la vida es un coñazo.

Hay ciertas maneras de abrir y cerrar recuerdos, como un automatismo elemental, una cremallera asida a la memoria, Madrid, una cicatriz de espejo. Escribir ficción en Madrid es de cobardes. Escribir ficción, en general, es de mediocres. Pero aquí es peor.

Levántante y da un puñetazo en la mesa. Vete con esa chica, lleva un rato mirando.

– Hola. ¿Eres Magnífico Margarito?

– Solo a veces. Hoy no. Hoy soy el único español que no conoce a nadie en Madrid, llevo todo el día tratando de escribir, es decir, llevo todo el día bebiendo, me queda dinero, no tengo plan y no hay nadie que pueda venir a buscarme. 

Mira por dónde, ya soy un escritor maldito. Y no sirve de nada porque no hay nadie para contarlo. Pero sé que si me conocieras, Madrid, estarías orgullosa de mi. Y también Ray Loriga.

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