Días de progres

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Lo mejor de los comunistas del siglo XXI es cuando dejan de serlo, que suele ser diez minutos después de sentir el olorcillo del poder. Es la podredumbre de una ideología basada en el terror, en la miseria, en la violencia y en la represión. Si por mí fuera, el partido comunista –al igual que el nazi y por los mismos motivos- sería ilegal, al situarse no en los márgenes de la democracia, sino en sus antípodas. La democracia es hija de la libertad. La democracia es el sistema que elegimos para gestionar la libertad que el comunismo niega. Por ello, el comunismo es incompatible con la democracia. Es un sistema responsable de los mayores genocidios de la historia, y por ello solo puede ser respetado por perturbados, por mentes violentas, fracasadas o por un trágico cóctel de todo lo anterior.

Dicho esto, y como ya he dicho en otras ocasiones, no creo que ningún partido político, coalición de partidos, agrupación de electores, asociación perroflauta, colectivo de hortelanos o cualquier otra fórmula que podamos encontrar entre las que se han presentado a estas últimas elecciones, supongan ningún peligro para la democracia, por el mero hecho de que lo que quieren es el poder a cualquier precio. No quieren comunismo, quieren un capitalismo de autor en el que siempre ganen ellos.

Como muestra, un botón: la otrora casta corrupta socialista, el PSOE culpable del régimen del 78 se presenta ahora como un aliado natural, como un hermano descarriado, pero hermano al fin y al cabo. La famiglia. En la otra orilla, más de lo mismo: los otrora calificados por Sánchez como bolivarianos antisistema y populistas, aparecen como unos chavales llenos de buenas intenciones llegados para regenerar la vida municipal en grandes consensos de izquierda. El hermano hippie. Somos coleguitas, somos hermanos. Pactemos. Gobernemos. Robemos, por supuesto, que es en lo que antes y más fácil se pondrán de acuerdo. Porque unos quieren volver a 1968, otros a 1934 y otros a 1917, pero la cosa –como ven- es progresar. Progresar para robar, para saquear las arcas, para meterse después de hostias entre ellos a navajazos –fraternales, pero navajazos- y dejar esto hecho un solar. Como siempre. La socialdemocracia te permite vivir como un ladrón pero con la superioridad moral de un filántropo, y por eso es tan chuli.

A pesar de ello, yo respeto a la socialdemocracia seria, a la alemana, a la inglesa, as nórdicas. A quien no respeto es a los progres, que es la versión ibérica de lo anterior. La diferencia es clara: un socialdemócrata europeo cree en la igualdad, en la redistribución de la renta para hacerla posible, en unos derechos que el ciudadano tiene con independencia del dinero que el estado tenga para hacerlos realidad y que cuando no tiene, acude al endeudamiento para poder financiarlos. Grosso modo. Bien. Vale. Podemos discutir, pero ok. Consenso socialdemócrata. Pero lo que veremos no es eso: veremos el spanish style, es decir, políticas progres. Y un progre es feminista, anticlerical, antitaurino, porrero, ecologista, contrario al éxito, contrario a la energía nuclear, al Real Madrid, pro-abortista, vegetariano, victormanualista de autoayuda y demás chorradas que avergonzarían a Lenin, a Castro, a Largo Caballero y a otros socialistas de los de verdad, de los buenos, de los de tiro en la nuca y checa.

Por eso, hay que estar tranquilos. No pasa nada. No hay comunistas. Solo hay una nueva generación de progres. Su existencia y auge es responsabilidad absoluta del partido popular de Mariano Rajoy, a quien hay que responsabilizar de lo que nos viene por delante. Él se volvera a Pontevedra, a Santa Pola o a desayunar en el bar Santander de Alonso Martínez, que le pega, pero nos deja en herencia un país desolado y en manos de este PSOE rosita que va camino de la desaparición, o mejor, que va camino de ser un Jonás deglutido y posteriormente defecado por la ballena y por sus correspondientes cientos de balanos. Todo bien.

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