Un nuevo amanecer cultural

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Bueno, ahora que el PP no va a gobernar en mi ciudad –algo de lo que me alegro, se lo han ganado a pulso-, seguro que los bares llaman de modo masivo a los artistas para ofrecerles cientos de euros a cambio de un concierto, porque -como por todos es sabido- el público vallisoletano y de las ciudades cercanas está agolpándose a las puertas de los locales aguantando como pueden la pena de no poder ver a las bandas locales tocar; Valladolid es y siempre ha sido un clamor por la música local y no hay banda que no vaya a tocar ahora en varios garitos cada mes.

Veo alegría en los melómanos, sonrisas suaves de niñas emocionadas, ya hay bonos de ofertas, circuitos montados, bares haciendo obra para construir escenarios, camerinos y conseguir que los sonidos top salgan de las atildadas gargantas y de los elegantes dedos de nuestros castellanos ídolos para asombrar a los pajarillos que, asombrados, se acercaran hacia el arte -hacia la vida- con sus gorgojos. La gente está deseosa y lleva años ahorrando para pagar las entradas y consumir las botellas de dos en dos para hacer ganar dinero al hostelero y que repita con esa banda y para hacer ganar dinero a la banda de modo que pueda seguir cubriendo gastos.

Es un hecho contrastado que si hasta ahora el público vallisoletano pasaba de las bandas locales era por culpa del facha del anterior alcalde, que se despertaba acariciando a su gato y pensando en cómo joder la vida a los músicos de Valladolid para alimentar su insaciable sed de sangre en do mayor y que sus irreverentes letras no llegaran a oídos de la población, no fueran a despertarse de Matrix y vieran la realidad en la que viven, una realidad sorda de música grande.

Yo sé que el problema no es la música en si misma, ni el arte, sino que los artistas son en realidad una herramienta política y de contracultura. No es que los músicos locales no interesen, no. La verdad es que esto ha sido una caza de brujas a los líderes del pensamiento, a los intelectuales de la ciudad, porque eso es lo que son; intelectuales. Y si no fuera por el alcalde, Valladolid habría sido cuna de varios premios Nobel. Pero tuvimos la mala suerte de nacer bajo la suela de la marcial bota opresora del partido que odia a los artistas de Valladolid. Ahora, en esta primavera del pensamiento, podremos ver la normalidad: la música uniendo a los pucelanos en una escala cromática que todo lo llene.

Por eso, el mal ya se acabó. Valladolid va a ser la nueva Florencia ante la apertura cultural que se avecina. Valladolid va a ser un centro de creación artística de primera fila, el París de los 20, el Madrid del siglo de oro, el Londres de cada día, lleno de artistas de talla mundial incomprendidos en su propia patria por culpa del PP. Se acabó. Ya se acabó. De eso solo queda el pasado. Ahora, el público, ante este nuevo amanecer, saldrá de las bibliotecas en las que se ha pasado los últimos años alimentándose de cultura como una abeja de néctar ante la imposibilidad de chupar sabiduría local para, por fin, mirarse a la cara, abrazarse y –entre lágrimas- reproducir el cuadro de La Danza de Matisse. No me cabe ninguna duda de que así será. Amén.

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