Carta de amor y de pena a Valladolid (I)

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Imagino ahora cómo deben sentirse los hijos de una madre destruida por el Alzheimer, que ya no recuerda quien fue y que no sólo es incapaz de reconocer a nadie, sino que ya no se reconoce a si misma. Me duele verte así, Valladolid. Me duele profundamente porque no te reconozco. Tampoco me reconozco a mi mismo en ti, ni creo posible que tú te puedas reconocer en mí porque creo que no te acuerdas de quien eras. Ni de quien era yo. Me duele en el corazón –no es una forma de hablar- tu silencio, tu pasividad y tu desidia. Puedo soportar la derrota cuando se ha luchado y nada se ha logrado, pero la derrota que tú muestras deviene de la nostalgia colectiva. Y esa es la peor de todas.

Los que quedamos no podemos evitar pensar que quizá nos quede poco tiempo en ti, Valladolid. Casi todos mis amigos ya se fueron, aunque seguirán estando aquí mientras aquí estén mis recuerdos de ellos. Y eso no lo hace más soportable sino más doloroso, porque lo que queda es su ausencia y no hay un solo día en el que no los eche de menos. No hay un solo día en el que no pasee como un zombie por una Teresa Gil vacía viendo fantasmas de amigos emigrados y pensando en lo que pudiste haber sido, Valladolid, si siguieramos todos los que somos. Cada fin de semana vemos huecos vacíos en bares que esperan vuestro regreso. Y la ciudad se nos va cayendo encima.

Paseo por la calle Santiago, o por el Paseo de Zorrilla y siento la presencia de mis abuelos, ya fallecidos, apuntándome con el dedo como diciendo: “¿Qué habéis hecho con lo que os dejamos?”. Esta ciudad estaba orgullosa de si misma y ahora desde el primero hasta el último miramos atrás con nostalgia y miramos adelante con pavor. Los hijos que están naciendo de nuestra gente emigrada vienen como cuando nuestra generación íbamos al pueblo: de visita a una tierra que no es del todo suya. No puedo aceptar que los hijos de mis amigos no vayan a sentirse vallisoletanos. No quiero.

Cuando miramos a la catedral, los vallisoletanos siempre hablamos de lo que iba a ser, completamos con el imaginario el orgullo que no podemos sentir con la realidad. Me recuerdas a tu catedral, Valladolid: eres lo que pudo haber sido. Eres un imaginario, vives en el delirio convertido en fetiche que nos recuerda lo que hemos sido y ya no somos. Pero no tengo dónde mirar para recordar lo que vamos a ser, porque seguramente ya no vayamos a ser nada más que los restos del naufragio. Yo te seguiré queriendo como se quiere a una madre, porque tus calles son el escenario de toda mi vida, porque no hay un rincón que no haya llenado de recuerdos, de besos, de niñez, de adolescencia y de juventud. Pero ahora llega la madurez, soy padre y quiero acudir a esos mismos rincones para que mi hija los llene de su propia vida, y que sus recuerdos se superpongan a los míos y los oculten, como marca la ley, como marca la vida. Pero no lo logro, Valladolid. Lo único que deseo, y me duele el alma, es que mi hija, llegado el momento, abandone esta ciudad para encontrar su propio lugar en una tierra con más futuro que pasado, con más alegría que nostalgia y con más oportunidades que obstáculos.

Lo que creía que éramos, lo que creía que sentíamos y lo que creía que soñábamos como ciudad, se desvanece cada vez que salgo de mi casa paseando hacia ninguna parte intentado encontrar algo que no aparece. Y no aparece porque ya no existe. Esto me convierte en un alienígena, pero no soy el único: veo a otros alienígenas buscando a su ciudad entre los restos de la decadencia. Porque la decadencia no solo es económica. Es intelectual, es cultural, es artística y es sentimental. Nos estamos convirtiendo en una ciudad mediocre que llena de talento otras ciudades. Dentro de poco no tendremos tierra en la que no ser profeta.

Y falta Delibes. Como cada vallisoletano, tuve un abuelo extra que se llamaba Miguel. Lloré aquel día. Sentí su muerte profundamente, como la sentimos todos y siento que con él murió algo más: murió parte de mi tierra. La ciudad está más triste desde que sabemos que Vd. no está, Don Miguel. Si levantara la cabeza, no reconocería en lo que nos estamos convirtiendo. Cuando voy al Campo Grande con mi hija, dedico un minuto a enseñarle por dónde solía pasear, brazos atrás, mirada baja. Es mi homenaje a mi ciudad, es mi homenaje a mis abuelos, es mi homenaje a mis padres, a mis amigos emigrados, a mi mismo y sobre todo es mi homenaje a mi hija para que jamás olvide aquello que -por desgracia- nunca llegó a conocer: una ciudad con orgullo. Una ciudad con Delibes. (Continúa aquí)

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