El Palacio de invierno

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Solo quien nunca se haya casado puede pensar que el matrimonio es un papelito, un pequeño cambio administrativo que poco o nada afecta a lo fundamental de una relación. Yo comprendo que haya quien pueda pensarlo -como yo lo pensaba-, y comprendo incluso que defienda esa posición con uñas y dientes, pero sencillamente se equivoca. El matrimonio es un Rubicón, un paso fundamental, un antes y un después en la vida de una persona y por supuesto en la historia de cada pareja. Lo cambia todo, en algunos casos a mejor y en otros a peor, no es el momento de ese debate; lo importante es que lo cambia todo y de modo drástico, como quien pasa del prólogo al capítulo uno. Todo lo anterior al compromiso eterno es apenas introducción.

Sé cómo afecta esto a un hombre. Pasar de novio a marido es pasar de niño a hombre, y esto no tiene que ver con la edad, conozco a adolescentes con cuarenta y a hombres hechos y derechos de dieciocho. El paso de niño a hombre es el paso del hedonismo a la responsabilidad, o lo que es lo mismo, del egoísmo a la generosidad. Es como una carrera de relevos en la que te cae del cielo el testigo y de modo instintivo sabes que te toca correr, te toca progresar, te toca apechugar, te toca bajar la voz y subir la mirada, te toca cargar con pesos autoimpuestos cuya existencia desconocías y te toca, en definitiva, ser lo que sabes que tienes que ser de modo natural. “Has cambiado”, te dicen luego. “Y ¿qué coño esperabas?”, respondo yo.

Bien, pues todo este cambio es un juego de niños comparado con ser padre. Ser padre es renacer de nuevo y esto es algo que saben todos los padres del mundo. Por eso hoy quiero romper una lanza por Pablo y por Irene, sobre todo por Pablo, que es a quien mas entiendo de los dos por motivos evidentes. Cuando vas a ser padre importa una mierda el partido, la hemeroteca, la prensa y la madre que los parió. Todas las gilipolleces, lugares comunes, equivocaciones, sentencias erráticas, frases, juramentos, fobias, filias, manifiestos, balbuceos, promesas y negaciones rotundas valen absolutamente cero. Si estamos dispuestos a matar por un hijo y chuparnos veinte años, imagínate cuán dispuestos estamos a quedar mal con todos aquellos que, en realidad, nos importan una mierda.

Yo creo entender lo que ha sucedido. Sospecho que, a Pablo, Galapagar le apetece más o menos lo mismo que Génova 13, pero está Irene, está el factor nido y toca hacer real el machoalfismo hasta entonces teórico. Todos los mamíferos, llegado el momento de criar, buscan un lugar apropiado y lo defienden. No tiene lógica en muchos casos, es algo instintivo, está escrito en nuestros genes, sentimos la necesidad de apartarnos, crear un hogar y protegerlo. Sí, proteger a los nuestros del resto. De “La gente”. Dios te habla a través del instinto, de las hormonas, del sentido del deber y del sentido del bien y del mal. Dios habla clarísimo y solo hay que callar un poco para oírle.

Y de eso venía yo a hablar: de callarse. Espero que, ahora que Pablo e Irene se hacen mayores, aprendan a callar y entiendan que no hace falta ser coherente cuando se trata de ser padre. Si nos tenemos que comer las palabras, nos la comemos, porque hay algo mucho más importante que nuestra imagen; el bienestar de los nuestros. Espero que ahora entiendan que el resto, aquellos a los que ponían a parir por hacer lo mismo que ellos hacen ahora, no éramos subnormales, ni malos, ni analfabetos, ni pobres necios; que entiendan ahora que conviene respetar a quienes hemos pasado por lo mismo antes y que hemos tomado decisiones parecidas; que está bien que sientan en sus carnes que cuando uno tiene hijos y decide prosperar, buscar mejores casas, prados más verdes y muros más altos, no es un facha despiadado sino solo un ser humano que, de modo natural, va haciéndose conservador. Y que hay que entenderlo. Hay que entender que no son salvajes capitalistas neoliberales todos los que quieren, como ellos, progresar económicamente, buscar un prestigio social para su prole, proteger a los suyos y, en una palabra, coger con dignidad el testigo que les cae del cielo y asirlo fuertemente hasta que un día, dentro de muchos años, tengan que apartarse para ver cómo sus hijos hacen lo propio. Incluso aunque hubieran jurado hacer justo lo contrario con palabras gastadas y, en ocasiones, poco lúcidas. ¿Quién no las ha pronunciado alguna vez?

En Pablo e Irene vemos la vida pasar, la naturaleza actuar y, una vez más, constatamos que es igual de natural ser revolucionario y antisistema cuando uno no tiene nada que perder como dejar de serlo cuando el sistema que otrora querías derrumbar, te ha venido bien. No hay ideología en la sangre ni en el destino. No hay demagogia en la naturaleza ni en el devenir del tiempo. Bienvenidos pues a la sensatez, al concepto de familia, a la propiedad privada y al progreso económico. Nunca es tarde. De la horterada de la piscina mejor no hablamos.

 

 

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