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En mi boda sonó la banda sonora de ‘La Misión’ y lo hizo por muchos motivos, la mayor parte de los cuales ya no importan. La otra parte en realidad nunca importaron y el resto ya se me han olvidado. Sin embargo, sé que tuvo sentido escuchar esa banda sonora enfrente de la Virgen y delante de toda la gente que me importaba y que, por supuesto, sigue haciéndolo. El tema central de esa banda sonora, ‘El Oboe de Gabriel’, es el modo que Dios ha encontrado para hablarnos, para hacerse presente. Esa pieza es su idioma, son los planos de su reino. Esa música es Él. Y las Cataratas de Iguazú, un avance del Paraíso. Los misioneros jesuitas, mis ídolos y los ídolos que todos aquellos que se respeten un poco. Y algunos de sus hermanos, en el altar, delante de mis ojos, casándome en el mismo lugar en el que muchos años antes tomé la comunión junto a mis compañeros.

Tengo un profundo sentido de la responsabilidad y del honor, y eso es algo que no tiene nada que ver con pegar un puñetazo al que te mira mal en un bar, sino más bien en saber cumplir con tu parte del trato y con las reglas. Porque los hombres que merecemos la pena, y yo soy uno de ellos, tenemos reglas y códigos. Y no los rompemos nunca. Y si los rompen otros, pagamos la cuenta y seguimos, con la cartera destrozada y la dignidad intacta. Yo no estaba en ese altar para ser feliz. Yo estaba allí porque tenía una misión y el Oboe de Gabriel es su vibración exacta. No sé cual es mi compromiso, pero sé cómo suena.

No fue el amor el que me llevó hasta ese altar, sino el Espíritu Santo, que es el nombre con el que los creyentes nos referimos al destino y sus marismas. Lo importante de todo esto es entender que la vida es una partida de ajedrez que Dios juega consigo mismo. El problema es no tener el talento suficiente para imaginarse dónde va a terminar la jugada cuando te comen la reina en el primer movimiento. Luego la partida va avanzando y entonces sonríes en silencio al entender que no hay fichas blancas y negras sino solo un tablero de perfección. Y tú, en el medio, montando un caballo negro con cara de gilipollas.

Cuando aquel día escuché el oboe del Padre Gabriel no pude evitar llorar, pero nadie se dio cuenta porque soy un maestro en el arte de llorar hacia dentro. Simplemente sé hacerlo, es como aguantar la respiración emocionalmente, como tensar el diafragma para no tener que tensar el futuro. Llorar en tu propia boda es de una afectación insoportable así que con la mano izquierda agarré el lexatin que tenía en el bolsillo, con la derecha el crucifijo que tenía en el otro y cerré los ojos como una folklórica cuadrada ante la Virgen de su barrio.

La cosa es que nunca he podido volver a escuchar el Oboe de Gabriel sin llorar y cuando digo nunca es nunca. Hoy ha muerto Ennio Morricone y, como terapia, me la he puesto sin parar una doscientas veces, entre ellas cuatro en medio del supermercado. Pero nada, a llorar, a llorar hacia fuera, a llorar con todo, que es como lloramos los hombres esos de las reglas y los códigos cuando no nos ven y ya hemos destrozado el diafragma.

El hedonismo tiene sentido como goce profundo, como modo de celebrar la vida y homenajear a la alegría, que es el primer principio moral, una obligación que tenemos la gente inteligente. Pero no debemos confundir el ‘joie de vivre’, con la inestabilidad emocional de un adolescente. Lo de ‘Carpe Diem’ suena a fracaso, a tatuaje en el brazo de un terraplanista. Yo no busco placer, yo tengo una misión, soy feliz cumpliéndola y Ennio me lo recuerda cada día de mi vida.

El genio romano ha dejado una nota. «Yo, Ennio Morricone, he muerto. Lo anuncio así a todos los amigos que siempre me fueron cercanos y también a esos un poco lejanos que despido con gran afecto. Solo hay una razón que me impulsa a saludar a todos así y a celebrar un funeral en privado: no quiero molestar». Morricone acaba la nota renovando su amor hacia su esposa, Maria Travia. Si Gregorio Fernández tuvo que conocer a Dios para esculpirle tan fielmente, no me cabe duda que Ennio tuvo que escucharle cada día de su vida. Y de tanto escucharle -de tanto escuchar a Gabriel y su oboe-, se le ha pegado el acento, la armonía perfecta que resuena en ese tablero de perfección.

Cuando yo muera, me gustaría que en mi funeral sonara de nuevo la música de La Misión. No para recordarme intensamente, no para que lloren mis viudas ni para estimular plañideras. Solo para recordar que me voy hacia el Padre. Es posible que nunca llegue a saber cual fue mi misión, pero siempre la intuí. Ya he dicho que yo siempre cumplo.

Esta columna se publicó originalmente en El Norte de Castilla el 8 de julio de 2020. Clic aquí)