«En el principio creó Dios los cielos y la tierra. La tierra estaba desordenada y vacía, las tinieblas estaban sobre la faz del abismo y el Espíritu de Dios se movía por encima de las aguas. Y dijo Dios: “Hágase la luz”. Y la luz se hizo. Y vio Dios que la luz era buena y separó la luz de las tinieblas». Surgió entonces Luis Pérez, al menos como concepto, antes de que naciera como nombre y mucho antes de que naciera como hombre. El resto de humanos vamos a otro ritmo y vemos gracias a la luz. Pero Luis va más allá, él ve la luz. He visto a alguno pintar el polvo que mancha la luz, que la llena de masa. Pero no he visto a nadie antes pintar la luz, la luz en sí misma. Creo que él observa los fotones, los descompone como parte de la materia y convierte la realidad en capas superpuestas. Y en la última de esas capas aparece el ser humano, como si estuviera perdido en un mundo que no le corresponde, absorto en su inconsistencia, como si acabara de despertar. Así, Luis pinta soledades, pero al contrario que Hopper, pinta soledades tibias, asépticas y fugaces, como si aún fuera demasiado pronto para dotarlas de gravedad o de pena. Como si el mundo acabara de nacer, todo estuviera recién pintado, la pintura todavía fresca y no hubiéramos inventado aún los adjetivos.

Por eso no hay dolor, no hay alegría, no hay afectación y ni siquiera hay tiempo. Las soledades de Luis son respiraciones cortadas, soledades contenidas, es decir, elegantes, porque la contención es la base del arte y el efectismo un recurso de las tinieblas. Y la base de la contención es precisamente la luz, que en Citizens II va por un lado mientras la escena avanza por otro, a diferentes ritmos, en diferentes planos. Y más allá de la escena surge la vida, la vida en pausa, los momentos ciertos -tanto como podrían llegar a serlo dentro de esta farsa-, los trocitos de historia y los instantes provisionales que quieren huir y escaparse de entre los dedos. Yo los he visto, doy fe de que es cierto. Se van.

Pero se quedan, porque Luis templa el tiempo, como echándolo para atrás con la mano. No hay nada tan poco realista como la verdad, la verdad al por mayor, la belleza medida en quilates. Como el oxígeno puro, resulta irrespirable. O como el oro sin aleación, que se quiebra. Por eso, pese a lo que se ha dicho, no hay en la obra de Luis Pérez ni un solo instante de realismo. Y por eso todo surge de modo tan natural: porque la realidad es lo que queda cuando quitamos al ser humano del espacio y al intelecto de la observación frívola de la materia. Ya está, eso es todo. El halo mágico de la obra es el resultado de que hay una mirada detrás, y esa mirada es la que pone los adjetivos y la experiencia, el trazo y, acaso, la pena. Es la luz lo que convierte todo en subjetivo y, por lo tanto, en opcional. Y Luis ahí ve una posibilidad. Y si él la ve es que existe. 

Ha habido otros maestros de la luz: Vermeer, Sorolla, Monet, Fortuny, Hammershøi, Caravaggio, Turner, Rembrandt. Pero me quedo con Hemingway. El americano dice que aprendió de los impresionistas a colocar la luz en sus textos. «Iba casi cada día por los Cézanne y por ver los cuadros de Manet y Monet y los demás impresionistas con los que tuve un primer contacto en el Art Institute de Chicago. Iba yo aprendiendo algo en la pintura de Cézanne, y resultaba que escribir sencillas frases verídicas distaba buen trecho de lograr que un cuento encerrara todas las dimensiones que yo quería meterle. Iba aprendiendo mucho de aquel hombre, pero entonces no sabía expresarme bastante como para decírselo a nadie. Además, era un secreto».

Lo mío es otro secreto: yo intento escribir como Luis pinta, ver la vida como una sucesión de instantes y el arte como la capacidad de parar el tiempo. Y colocar la luz a través de las palabras. Si Leonard Cohen nos enseñó que «hay una grieta en todo y así es como entra la luz», Luis Pérez va más allá y utiliza la luz para tapar esa grieta, como si su pintura fuera coagulante, el pincel un torniquete y el trazo una caricia. Y así, el día ya no es un intervalo de veinticuatro horas sino un despiece de momentos irrepetibles, una trama de belleza efímera, la textura de la Verdad escapando hacia la noche. Dios haciendo de las suyas.

En Citizens II tenemos todos los matices posibles, el primer momento de la noche, el último de la mañana, la última luz del crepúsculo, luz de luna, luz de invierno, luz de gas y luz cálida. Hay luz de madre y luz de llanto. Luz negra, luz gris del ocaso, luz limpia de la mañana y una luz fría que abrasa. Luz artificial, luz salada y luz muerta. Y todo ello en un viaje del día a la noche, de América a Italia, de Japón a Austria y del trazo encorsetado a la mano más ligera que nunca. Todo ello forma un corpus asombroso que solo tiene en común la sensibilidad de Luis tocando arrebato. Y cuando ves el mundo a través de la belleza de la mirada de Luis, acabas por sentir la misma llamada, terminas por engancharte al viaje y entonces ya estás perdido, porque la vida pasa a ser el descubrimiento de su obra naciendo en cada rincón. He llegado a la conclusión de que el arte no imita a la naturaleza. Quizá simplemente la naturaleza imite la obra de Luis Pérez. Y si no me creen esperen: ya me lo dirán en la próxima aurora.

(Este texto fue escrito para el catálogo de la exposición de Luis Pérez en Madrid · Espacio V22 · 2 a 11 de junio de 2022)

Aquí el texto de Citizens I.