Del mismo modo que un español no termina de entender lo que significa España hasta que no llega a América, un castellano necesita de Sevilla para acabar de comprenderse del todo a sí mismo. Para conocer Valladolid yo me tuve que ir a La Fresquita, a la sombra de la Giralda -es un decir-, donde Pepe Rodríguez me explicó los años ochenta de mi ciudad con la exactitud de un documental académico y purista. Luego me dio de comer, de beber y de vivir, como a un peregrino sediento y desnortado. Al igual que los tuaregs toman el té hirviendo para protegerse del calor, Miguel ‘El Tomate’ hace un caldo a la temperatura de fusión del tungsteno, con idéntica lógica. Joder con La Fresquita. No quiero ni imaginar cómo lo ponen en ‘La Calentita’. Miguel -que es de Gines porque los de Triana nacen donde les da la gana-, dice que es para aclimatarse a la vida a 38º, aunque no deja de ser poético que el caldo sea de caracoles, como si, además de medicina para el calor, fuera una pócima de introducción al ritmo lento. ‘Cabrillas por soleás’.

Se tiende a pensar en Castilla como en la actual Castilla y León o, como mucho, en esa ordinariez de ‘las dos Castillas’, como si ambas no fueran, en realidad, la misma envuelta de un celofán arrugado, administrativo y gris. Pero es que la Corona de Castilla es otra cosa, más amplia en lo geográfico y, desde luego, universal en lo moral. Manuel Hurtado, que me enseñó los Reales Alcázares con el cariño y el respeto con el que se enseña la vida y sus tesoros, me decía que «esto era de Castilla». Me permití matizar que no era ‘de’ Castilla, sino que era Castilla. Y que, por supuesto, lo sigue siendo. Andalucía es el sueño de Castilla como América es el sueño de España. Y Sevilla es el sueño de todos, un sueño compartido e inclusivo al que deberían mirar aquellos a los que se les acaba la identidad donde termina el pico de la barretina.

Con la muerte de Castilla se quiso evitar otra Prusia, pero no existen las coplas para la muerte de una madre. Si algunos hablan de los ‘países catalanes’ por una similitud lingüística, no quiero ni pensar lo que dirían de sí mismos si pertenecieran a una realidad que empieza en el Cantábrico y termina en el Polo Sur, abarcando, de camino, casi toda América. El día que en los ‘países castellanos’ -es decir, la Castilla histórica- despertemos y nos tratemos como los hermanos que somos, más allá de localismos absurdos, quizá podamos mandar a la paletada nacionalista a las cloacas de su ideología. Ayer la Macarena llevaba el escudo de Castilla y León en su manto. El mismo escudo me lo encontré en la Torre del Oro, en los Reales Alcázares y en San Lorenzo. Sevilla es Castilla del Sur y es imposible no sentirme allí en casa. Y mientras esté Luis recibiéndome en Las Teresas o Ramón despidiéndome en La Abacería de San Lorenzo yo formaré parte de esta ‘Commonwealth’ afectiva y fraternal. Sevilla es Castilla sublimada. Y yo, un testigo agradecido del sueño común de nuestros antepasados.

(Esta columna se publicó originalmente en ABC el 30 de mayo de 2022. Disponible haciendo clic aquí).