El verano

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No es el verano en sí sino lo que representa. El verano huele a manada, huele a turba saliendo de su rutina para desenmascar su verdadera personalidad, es el evangelio de la mediocridad, lo vulgar llevado a rito, la media aritmética, la desesperanza y el hastío. El verano es como abrir la puerta de los corrales y observar al ganado al galope, quién sabe hacia dónde, desbocado, sin rumbo. Es la dictadura del dominguero. El calor -seamos serios- no conduce a nada, saca lo peor de nosotros y por eso lo que hay que hacer es combatirlo. Para ello, gente con mucho talento ha desarrollado tecnología como el aire acondicionado, pero -no entiendo por qué- tú prefieres hacer el ridículo en la piscina, dedos al aire y lorzas libres, para pasar calor a 35ºC con sandalias brasileñas en tan ibérico pinrel.

La música en verano. La comida del verano. Los programas de televisión de las tardes de verano. La prensa sin los primeros espadas. La radio dando consejos como que no te olvides de beber agua, que si no te puedes morir. La ropa veraniega, el horario veraniego, las rutinas, la ensalada. Las terrazas, las malditas terrazas. Donde debemos estar es dentro, al fondo de la barra, a cobijo, a resguardo del rebaño y de los saludos evitables, defendido de lo público y entregado a lo privado, a lo mínimo, a la clandestinidad de un par de amigos (tres es el número perfecto para que no se produzcan conversaciones paralelas dos a dos). Pero tú prefieres el mojito al bourbon y la cerveza con gaseosa al champán. Las sandalias de esparto. Las flores estampadas y las gafas de sol. Prefieres la música de baile de las noches de agosto al angelical sonido del tráfico rodado de un lunes de noviembre, con cada persona a lo suyo, a su odiada rutina.

Qué sería de ellos sin rutina, qué sería de ellos en un permanente verano. No leerían a Unamuno, ni a Umbral ni a Jorge Guillén porque da que pensar, y lo que gusta es TELVA, algo ligerito para su verano mental. Su espíritu si que está de vacaciones. La gente hace el cutre porque es lo que realmente querrían hacer ad infinitum si pudieran, es su verdadera personalidad, el resto es un disfraz. Deben sufrir lo que no está escrito el resto del año, pero ahora se liberan: los puedes ver comer paellas en la calle mientras los grandes restaurantes tienen que cerrar. Es verdaderamente aterrador: playas llenas, sangría de fiesta de pueblo, encierros, sudor, cáscaras de sandías, estaciones de servicio, camareros amateurs, camisas hawaiianas, chistes fáciles y anécdotas que no interesan. Vivir así es ser secuestrado junto a Pablo Motos.

Yo quiero pasar la vida como si fuera un largo otoño en la Toscana o en la costa guipuzcoana, seguido de un invierno infinito en la campiña inglesa y la Navidad en Nueva York. Sin exabruptos, sin flamencadas, sin cursilerías, sin huidas y sin regresos. Menos mal que esto termina rápido. Mientras tanto rezaré para que no les toca la lotería; si esto es lo que hacen cuando tienen vacaciones, no quiero imaginarme lo que harían con la vida si pudieran vivir como realmente quieren. Prefiero no imaginármelos libres. Gracias a Dios, ellos tampoco se han imaginado así jamás.

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