Los que aún damos tabaco

tabaco

Que ya lo sé, José María. Que ya me has contado que os ibais para casa cuando os encontrasteis de frente con el padre de esa chica, que es el amor de tu vida de este semestre. El padre -que es un hombre, no como tú-, paga la ronda, siempre premeditadamente excesiva y a ti te entraron los sudores fríos porque te tocaba corresponder y no te quedaba un euro en el bolso. Y se llevó a su retoño al nido como es lógico. En ese caso, amigo, el suicidio no sólo está justificado sino que es incluso conveniente. Poético, diría yo.

Porque eres un pelamanillas, un niñato y un mierda, Chemita. Si sales con 50€ es porque te puedes gastar el triple, todo lo demás es una irresponsabilidad. Uno nunca sabe para quien se viste y no hay nada más penoso que tener que irte cuando la cosa se empieza a poner interesante o cuando te encuentras con el padre de la chica, o con tu jefe, por poner un ejemplo. Los hombres que se visten por los pies antes hubieran fingido una llamada para correr a un cajero a mayor velocidad que la que va a tardar ella en mandarte a la mierda, que poner esa cara de perdedor que me contaron que se te quedó.

Y si no tenías tarjeta -que ya de por si es intolerable-, llamas a un colega y que te preste. O que robe. O robas tú. Lo que sea, Jose María, menos lo que hiciste. Se sale con pasta. Y se gasta como si no te importara lo más mínimo gastar el doble, porque te vas a gastar el triple. Ya lloraras como una mujer lo que no supiste gastar como un hombre. Pero en casa, Chemita. Se llora en casa y solo. Y un rato.

Podría haber sido peor. Podrías haberte encontrado con tu ex y que su actual pareja hubiera querido pagar todo con ese aire de suficiencia y de querer llevarse bien contigo que tienen todos aquellos a los que les importas una puta mierda tú y tu ex. ¿Y qué habrías hecho tú en ese caso, Jose María? Eso es un duelo a muerte en el mundo de los bípedos varones, porque no te puedo llamar ‘hombre’. ¿Qué habrías hecho? Pues pagar. Pagar tú. Todo. Siempre.

Y si no puedes salir, no sales. Y si no puedes salir en dos meses, no sales en dos meses. Pero sales con gallina en el bolso. Te advierto que nadie se va a creer que hoy no te apetece beber, o lo que es aún más lamentable, que hoy no te apetece beber justamente whisky, más que nada por que media ciudad se refiere a ti como Chema “Ballantines”. No cuela, Mr. Ballantines, que de repente, porque hoy es hoy, sin enfermedad mediante (y ni aún con ella) te apetezca de verdad una puta Shandy (pena de muerte para los que lo piden). Porque te las bebes de tres en tres. Ansias, que eres un ansias. Chema “Shandy”. Vamos, no me jodas.

Los tíos de verdad tienen siempre un plan b, un plan c y así hasta la z, y sólo van a sitios donde el camarero les vaya a coger a ellos el billete antes que a su rival en ese duelo a muerte que se dará llegado el caso. Y los tíos de verdad tienen una VISA. Y amigos. Y han dejado propina al camarero alguna vez en su puñetera vida, porque es así como se gana a un camarero, que te lo tengo que explicar todo. Pero cuando dejes propina, no fijes la mirada en esa bandeja como despidiéndote de tu tesoro, que pareces Gollum en el monte del destino. Y la chica te está viendo la cara de pena que estás poniendo al dejar la propina y, creéme, una mujer eso nunca lo olvida. Que se te caía la lagrimilla, joder.

Y tabaco. Mucho tabaco. Lo suficiente como para dar a todo el que te pida sin una mueca de preocupación. Porque en eso se nota quien es un animal social, una institución de la noche y quien es un niñato advenedizo incapaz de llevar un bisonte a la cueva. En el tabaco. Si te piden, das. Sin un comentario ni un gesto. Sin admitir ningún tipo de justificación del tipo “ahora compro”, “es que se ha acabado el Lucky” o “lo estoy dejando”. Da igual la justificación, Jose María. Tú das tabaco. Porque el mundo se divide en dos clases de personas: los que aún dan pena y los que aún damos tabaco.

Elige bando de una vez.

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