Carta de amor y de pena a Valladolid (II)

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Aún recuerdo la defensa apasionada y visceral que hice de Raúl González Blanco de modo espontáneo y contra todo pronóstico en una terraza junto al Tíber, para sorpresa de mis ojipláticos compañeros de mesa, conocedores de la opinión que tengo del voluntarioso y escasamente dotado jugador. Para meterse con Raúl hay que ser español: un italiano no puede, al menos en mi presencia, carajo. Pues del mismo modo, que nadie ose hablar mal de mi ciudad; para criticar a Valladolid es necesario ser vallisoletano y punto.

Valladolid es para mí esa muchacha otoñal de boina calada, esa poeta de mirada altiva a la que en el fondo amo porque jamás vi frialdad más reconfortante, silencios con más significado, alegría más serena ni profundidad más nítida. Precisamente porque quiero con todas mis fuerzas a esa muchacha otoñal que es mi ciudad, no puedo soportar verla reflejada en un Saturno que acaba con sus hijos pero no devorándolos, sino ignorándolos. Desprecias la diferencia con tu indiferencia. Das la espalda a casi todo y no te das cuenta de que no hay contorsionismo más suicida que el que resulta de darse la espalda a uno mismo. No sé cuando decidimos que –más vale prevenir- era buena idea sacar los ojos a los cuervos que criamos.

Por eso escribo esta carta de amor y de pena en este día de viento, Valladolid. Si no sintiera en el fondo tanto cariño por ti, tampoco sería capaz de sentir esta pena. Esta pena que –como todas- nace de la ausencia que convierte la soledad en desamparo. Nace de la alquimia que llama censo a la parte que sobrevive de una resta. Este dolor surge desde la emoción y no desde la razón – por eso nunca se ama al sustraendo adecuado-, y existe porque te quiero a ti. En concreto y de modo sereno: a ti, Pucela.

Cuando yo era pequeño, quería ser mayor, pero en Valladolid. El talento tiende a agruparse, y yo he crecido viendo a una ciudad sobrada de talento agrupado, soñando, creando, queriendo ser, siendo, construyendo y construyéndose. Ser tú mismo es la mayor provocación posible para una persona que quiera seguir siéndolo. Creadores y creativos. Músicos, actores, escritores, bailarines, estudiantes, profesionales, empresarios -todos tan intelectuales como canallas-, coparon la noche y coparon el día. Ya nos hemos cargado la noche y no tardaremos en vulgarizar las mañanas. No se puede ser especial de ocho a tres, Valladolid. No sé por qué tanta tibieza, tanto rencor, tanto resentimiento, tanta indiferencia y todo tan de repente. No sé quien ha domesticado a mi ciudad para convertirla en una plácida y limpia autopista hacia la nada.

A pesar de que esta ciudad está a punto de morir por aburrimiento, nada une más que un enemigo común, y de eso los vallisoletanos sabemos mucho porque los tenemos cerca y apasionados. Y una vez oí a alguien decir que quien habla mal de esta ciudad es que ha salido poco de ella, y no es mi caso. Así que aunque la cosa está poniéndose fea, decido quedarme con el Campo Grande, que es mi patria. Mostraré a mi hija el Palacio Real, que lo fue de un imperio donde no se ponía el sol y le contaré que Felipe II -que nos hundió en la decadencia-, era pucelano y con eso vale para justificarle de puertas para afuera. También vallisoletano Felipe IV. Y Enrique IV y, en fin, media Trastamería y Habsburguez. Mostrar la fachada de San Pablo y del Colegio de San Gregorio nos hace sentir el orgullo de quien muestra su casa. Ninguna iglesia del mundo es más bonita que La Antigua y la Plaza Mayor es la más grande de España. Zorrilla escribió aquí el universal mito de Don Juan, SEMINCI es el mejor festival de cine y Valladolid Latino el peor de música. (A quien corresponda: haz el mejor festival de música independiente como haces el mejor festival de cine independiente. Se llama posicionamiento, coherencia, marca-ciudad y sobre todo personalidad). De nada.

La historia entera es nuestra, somos la capital de España -en anecdótica excedencia temporal- y nuestro castellano es el mejor del mundo. El leísmo es bello, señora. El Renacimiento es la calle Platerías y el Palacio de Santa Cruz. Sumo y sigo. Nuestra Semana Santa no tiene rival y el Museo Nacional de Escultura es tan vallisoletano como lo es Delibes. Pero mira a la Virgen de Las Angustias, hombre… O a la Piedad de San Martín, a la Vera Cruz, al Cristo atado a la columna, al Nazareno, al Cristo de la Luz… Es Gregorio Fernández mostrando su obra a Quevedo, a Góngora y a Cervantes, que se saludaban por nuestras calles mientras en tu pueblo aún cazabais con lanza, paleto.

Nos quedan nuestros recuerdos, nuestra familia y algunos bares. Nos queda el frío de Zorrilla o de Pepe Rojo, nos queda el Pasaje Gutiérrez, nos queda el olor de horno en Nochebuena y la ciudad repleta el último día del año. Si fuera del todo libre desayunaría cada día en El Minuto para ver de cerca el talento y tomaría el vermú en el Colmao para ver de lejos a la manada. Comería en Trigo y desde allí vería a otros alienígenas saludándome con dos besos  –los hombres de verdad nos besamos-  mientras recordamos lo que fuimos y lo que ahora somos, de camino a la segunda copa y posteriores. Y que sea lo que Dios quiera. Un poco de alegría y de respeto hasta que la ciudad –si no lo remediamos- acabe de morirse de pena. La muy noble, muy leal, heroica, laureada y muy decadente ciudad de Valladolid.

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