Desesperados con elegancia

petermurphy

En otoño los hombres visten como hombres y los niñatos como niñatos. Venga, inténtalo. Abre tu armario y tira todo aquello que no sea de color negro, blanco o gris. El resto de colores no deben existir en el armario de un hombre que no vaya a salir del mismo, y menos en otoño. Ponte un pantalón oscuro, cuello vuelto y americana negra. Cómprate un sombrero, o una gorra, cuanto más british, mejor. Si tienes huevos, una boina. Déjate barba. Saca el foulard negro que ella se dejó olvidado cuando se fue y que nunca has sabido ponerte bien. Ese y no otro. Ponte unas botas y ven a buscarme, que nos vamos a la calle. Será este sábado, y será a primera hora. Vamos a comprar el pan, después el periódico y vamos a meternos en cualquier café mientras cumpla estas tres características: que no sirvan alimentos, que no tenga tele y que haga esquina. Vamos a pedir dos cafés, negros como el infierno, vamos a desechar la pastita que suelen poner los sitios que no valen la pena, y vas a leer la prensa que ofrezca el bar, que la que tú has comprado tendrás tiempo de leerla por la noche. Verás como te va a hacer falta.

Descúbrete al entrar y saluda al camarero. Vete lejos de él para dejar claro que no quieres hablar. Aunque si lo has hecho bien y el sitio merece la pena, él ya lo sabe y se habrá movido a las antípodas del microcosmos que formáis la soledad entre tú y tu lectura. ¿Cómo que qué pasa con el café? El café se toma de un sorbo y más allá de ello, se convierte en fetiche lleno de melancolía. Ya estamos preparados. Léete tres periódicos; es una cuestión de disciplina y de aristocracia, así que lo haces aunque no te apetezca y dedicas mínimo una hora, con especial empeño a los columnistas que más odies de cada diario. Ellos son los cronistas de tu tiempo, y seguro que te van a dar puntos de vista que no tienes. Hazme caso, que el otoño sabe mejor entre tinta y papel de periódico. Atúsate la barba un poco cuando no sepas que hacer, y no te quites la americana jamás. Además, fuera está medio lloviendo y el día está ventoso y gris. Todos los mediocres ahora están en su casa y la ciudad está vacía. No puede haber nadie en este mundo más feliz, Víctor Manuel.

Sal de la cafetería, fúmate un cigarro y verás que el humo se mezcla con el vaho al salir de tus pulmones y riéte pensando que te pareces a Bogart lo mismo que ella a Ava Gardner. Insiste por ese pitón y vacía cada muletazo. Y pasea como Rafael de Paula, despacio, erguido, metiendo un poco las puntas para dentro, que la ciudad está para ti. Cuando te canses de caminar y te hayas dado cuenta que el bar que buscas no existe, te compras un libro de Proust, que te lo envuelvan para regalo y vamos a tomar algo a El Colmao, que ya te he explicado que es tu patria. Y seguramente allí aparezcan otros como tú, otros seres decadentes que te contarán cómo ayer todo se fue a la mierda y cómo ella ya no le entiende. Vete pidiendo una botella de vino, que esto promete. Y nunca te olvides: estamos desesperados, sí. Pero con elegancia. No pidas ningún vino en concreto, que Juan ya sabe cual te va a poner desde que ha descifrado tu estado de ánimo viendo la manera en la que te has sentado. Después de esa botella vendrá otra y otra más y acabaremos comiendo en el mejor restaurante que se nos ocurra. Disfrutaremos de esta liturgia y vas a regalar el libro de Proust al comensal que más rabia te de, y le juras que lo compraste pensando en él. Lo leerá buscando un vínculo y lo encontrará, siempre lo encuentran.

Buscaremos un bar oscuro y elegante y disfrutaremos de la tarde entre whisky, anécdotas, arte, filosofía, historias y melancolía, soñando en cómo todo va a ir mejor cuando ya no pueda ir peor. Eso es lo que somos y eso es lo que no se puede ser en verano. Poco a poco irán apareciendo más vampiros, y cuantos más lleguen más te irás acordando de que ella ya no está, que nunca estará, y lo que es peor: quizá nunca estuvo. Hace ya un rato que es de noche, aunque lo omitas para restarlo importancia. Poco a poco el whisky empieza a ser demasiado, cada vez llueve más y cada canción te va a joder el corazón hasta que no puedas soportarlo. Pero tú aguanta. Quieto.

Llevas fuera desde las nueve, y son las once de la noche. You win: has regalado otro día al pasado. Toca irse a casa, que ahora sale la turba a bailar y se crea esa cortina que separa a los actores del público y nunca sabes bien cual de los lados es el tuyo. Recompón la figura y abre la puerta despacio, deja el foulard negro que nunca supiste ponerte en el mismo lugar en el que ella lo dejó, que es el lugar en el que debe estar. Trata de no pensar. Ni te molestes en hacer la cena, te anticipo que ese nudo en el estómago no se deshará hasta el miércoles. Siéntate y pon música. No hace falta que te diga que música en estas noches es Tom Waits.

La casa está vacía, estás a solas con Tom, es otoño y hoy por fin has puesto algo de elegancia a tu despesperación.  No, no me cuentes que estás solo y que necesitas centrar tu atención en algo para no enloquecer, porque lo tenía previsto. ¿Entiendes ya por qué te iba a hacer falta otro periódico?

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