El lado vacío de la cama

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Hay un lado de la cama que permanece vacío y que no se toca. Existe, esta ahí (lo veo cada día). Duermo cada noche junto a una mitad vacía, en la misma cama, pero en mundos diferentes. Es otro hemisferio: la mitad vacía tiene código postal propio y pertenece a otro huso horario. En la otra mitad es siempre dos horas más tarde. Dos horas más triste. Nunca entramos en contacto.

Esa parte de la cama no se toca. Las sábanas se lavan, pero esa mitad permanece limpia de modo eterno, no hay desgaste por rozamiento, no hay vida y jamás la ha habido. Las sábanas en esa parte de la cama están nuevas mientras que en la otra mitad se van desgastando. Hay una almohada virgen, sin forma ninguna, en el lado oeste de la cama. El lado frío de la cama me acompaña en cada viaje, en cada hotel. Respeto el lado frío de cada cama. El lado frío de la cama es el mío.

A mi derecha (a mi izquierda si me miras desde arriba) no hay nada. Ni vacío, ni pena, ni alegría, ni recuerdos, ni esperanzas. El mapa se diluye justo ahí. En los planos, aparece un hueco que llora de angustia y de espanto en esa precisa parte de mi cama. No hay mesilla, no hay oraciones, no hay libros, ni fotos, ni un paquete de pañuelos al otro lado de la cama. No hay aromas, no hay costumbres, no hay sueños ni los ha habido. El mundo se divide en dos justo a la altura del preciso centro de mi cama; así, del centro hacia mi, está la vida. Del centro hacia allá, hay leyendas, vive Dante, vive Bocaccio y se siente la sombra de un vacío esterilizado, un frío de hospital, un suspiro contenido, una lágrima tibia que surge de forma automática, sin motivo ni intensidad: una lágrima low cost.

Podría, bien pensado, situarme en el centro y crecer hacia ambos lados, ocuparlo todo, ser un gas que ocupe todo el recipiente que me contiene, pero –puede parecer estúpido-, es imposible. Hay una frontera invisible, un límite, una barrera. Ese lado se respeta. Ese lado se desprecia, se discrimina. Ese lado no existe, pero está. Ha estado siempre y creo que siempre estará. Prepararé una incursión, hace días que quiero explorar el territorio ignoto. Buscar los planos, recorrer cada centímetro, dar largos paseos y fijarme en los detalles, poner adjetivos reales, sin afecto ni afectación. Apagar la ilusión con la gravedad de la certeza. Una vez lo miras a los ojos, todo se vulgariza porque ya es real. (Ya era real, de hecho. Pero tú aún no).

Esta noche cambiaré de lado, iré armado y observaré mi sitio de siempre como quien se observa a si mismo en una foto del pasado. Me recrearé en las sensaciones, en el misterio impávido, preparé los detalles de mi espejo, la simetría del engaño. Y solo entonces decidiré si sobra cama o sobran mitades. En el primer caso, volaré la singladura y fumaremos la pipa de la paz con nuestras fobias mientras todo explota y dejamos media cama a la deriva. En el segundo, intentaré construir media sábana (que no es igual que una sábana pequeña, porque la mía terminará drásticamente, como un golpe de bombo) o tapiar lo que sobra desde el corazón de la cama hacia el futuro. Otra opción es diseñar una sábana con una línea de puntos marcada, una tijera tatuada que anuncie la línea de puntos suspensivos que debe rasgarse abruptamente. Una cremallera preventiva.

Profanaré esta inercia de respeto. Dormiré como un dandy, como un dandy bifronte. Peor lo tuvo Bocaccio con Pampinea, Fiammetta, Filomena, Emilia, Laureta, Neifile y Elissa. Soñaré con un viaje de Kafka al Decameron. Desde el centro de mi cama, desde el centro exacto de mi cama hacia arriba. El resto, visto lo visto, es solamente selva. Apenas eso.

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