El mito de la libertad

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El hombre libre es el que es capaz de ser libre, es decir, el que es capaz de ocuparse de si mismo. No todos lo son. Pero el hombre libre es, sobre todo, el que quiere ser libre. Casi ninguno lo es. Han de darse ambos aspectos y han de darse a la vez: de nada sirve querer ser libre si no puedes serlo, si no tienes las capacidades mínimas para sobrevivir a la libertad. Y de nada sirve poder serlo si, en realidad, no quieres romper las cadenas. Muchos están felices entre sus cadenas invisibles, porque les proporcionan felicidad. El perro es el mejor amigo del hombre, sí, pero sólo del hombre que le da de comer. Eso no es amistad, es dependencia, dependencia pura. El hombre también es el mejor amigo de la esclavitud, mientras esa perra le proporcione sustento, lecho y sexo. Es importante tener en cuenta que las cosas no se valoran en si mismas, sino en función de su alternativa, y que la medida de lo óptimo la da la medida de lo posible. Por eso, para ellos la alternativa a la esclavitud no es la libertad, sino la muerte.

Esa es la razón por la que muchos, en realidad, no quieren libertad; sólo la quieren como concepto contrapuesto a la jerarquía, pero se negarán a aceptar las consecuencias de la libertad que no son otras que muchas penurias, altas dosis dolor, de soledad, disciplina feroz, miedo extremo, dudas eternas y tentaciones constantes para volver a la placidez de la servidumbre. Y todo eso es a cambio de nada, sólo de sentirte libre, porque tampoco lo eres. Lo sientes. Sentimiento y destino es la misma cosa, y la libertad es un sentimiento, un espejismo. La libertad es un punto de vista, una decisión individual. Si una persona se entrega libremente a los demás, es su libertad la que está actuando. Si una persona es obligada a entregarse a los demás, es un esclavo. La diferencia entre la caridad y los impuestos es la amenaza coercitiva de la cárcel, el uso monopólico de la fuerza. Desde fuera, libertad y esclavitud parecen putas muy similares. Solo que una de ellas no es puta, lo hace por afición y no por dinero.

La libertad es incompatible con el lenguaje. Los límites de la libertad son los límites del pensamiento acerca de la libertad, y estos están prefijados por los límites del lenguaje. Y ese lenguaje es siempre aprendido, nace por imitación, es exógeno. La libertad pura y dura implicaría la ausencia de todo otro para eliminar la posibilidad de influencia y de persuasión que se fijan a través del aprendizaje y que te harán creer que las decisiones que tomas, las tomas tú, tú libremente y no otro a través de ti, la experiencia de otro en ti, la vida de otro proyectándose en tu vida, como José Luis Moreno con Rockefeller donde tú eres el pájaro con smoking. El sueño de la libertad es el sueño de otro acerca de la libertad. Yo no puedo pensar de modo espontáneo en algo que no existe a no ser que alguien me lo haya enseñado. Así, no podría pensar en un unicornio si no fuera porque alguien me ha hablado de cómo deberían ser en el caso de existir. La libertad puede ser ese unicornio, que todos sabemos cómo es porque nos lo han contado, aunque nadie la ha visto y, por eso, todos la vivimos de diferente manera. Vivimos persiguiendo ese unicornio, el unicornio de otro, me atrevería poner la mayúscula: el unicornio del Otro. La libertad es el animal de compañía de Dios. La libertad puede que sea Dios. Sinónimos. El lenguaje lo limita todo.

Por eso la libertad es un mito; primero porque no existe de modo aséptico sino que es una experiencia individual, vivida de modo genuino por cada uno; y segundo porque la libertad no es el camino a la felicidad sino a la dignidad. La libertad no es plácida, es una carnicería al por mayor, y por ello, muchos quieren esclavizar a otros hombres como vía para poder disfrutar ellos mismos del espejismo de su libertad. Creen que la libertad es la ruptura del rol, una venganza. No han advertido que la libertad es la mayor causa de desigualdad posible, y la desigualdad, a su vez, causa de conflicto. Libertad y conflicto son corolarios y, por lo tanto, no puede conseguirse uno para eliminar el otro por lo que habría que recordar a los marxistas –la mayor parte nunca han leído a Marx- que la dictadura del  proletariado no es el fin, sino el medio para la abolición del estado, que es el fin. Y sin estado, pequeños, habría anarquía de verdad, es decir, libertad total. ¿Y sabéis cuánto tardarían en aparecer ciertas élites en una anarquía? Exacto. Cinco minutos. Cinco minutos es lo que duraría la libertad marxista. Y la dialéctica hegeliana convertiría a esa síntesis en tésis y vuelta la burra al trigo, o mejor el burro, los burros, los cientos de miles de burros ansiosos de yugos y de hierba, los burros con orejeras rojas cuyos rebuznos tenemos que aguantar en su plácido y polvoriento camino de servidumbre.

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